Rosa Godínez. Psicóloga clínica. Psicoanalista. CSMIJ de la Fundació Nou Barris
La iniciativa de llevar a cabo un grupo con padres en el CSMIJ de la Fundació Nou Barris surgió de un deseo no anónimo(1). Efectivamente, fue a partir del encuentro en el discurso de dos colegas del centro, trabajadora social y psicóloga clínica, que coincidimos en transformar una idea en una tarea. Con muchos interrogantes por lo novedoso de este proyecto, nos adentramos en una apuesta de trabajo diferente a la que asumimos habitualmente. Escribimos y presentamos un proyecto para organizar un grupo con padres de chicos adolescentes con un marco distinto al psicoterapéutico. No obstante, por el hecho de crear un marco de palabra en torno a algo que a los padres les concierne, era esperable la emergencia de efectos subjetivos.
¿Por qué un grupo de conversación con padres de adolescentes?
En el contexto actual del impacto de la crisis —en que el sujeto se sumerge en un fondo de pobreza generalizada, dígase económica, simbólica, política, etc.— que afecta el lazo social, creemos en la necesidad y el deseo de la gente en dedicar un tiempo para la reflexión de aspectos vinculados con la vida. La cotidianidad está atravesada por avatares y malestares crecientes, aún más, si cabe, tratándose de padres e hijos adolescentes. A partir de ahí, para enmarcar la tarea de conversación del grupo, pensamos en extraer un eje temático: Cómo y de qué manera las relaciones y la convivencia entre padres e hijos quedan afectadas, o bien incluso perturbadas, cuando los hijos pasan por un momento singular y crítico de su adolescencia. Esta elección, por nuestra parte, responde a las demandas de consulta de los padres sobre cómo hacer con los chicos de hoy en día. Asunto que, por otra parte, se extiende también al colectivo de maestros y docentes que, preocupados por las respuestas de muchos muchachos, se dirigen a los padres pidiendo responsabilidades. Entendemos que para saber hacer con las cuestiones que presentan los chicos, primero hay que querer saber algo acerca de lo que se juega en el encuentro con un sujeto. En este grupo de padres este querer saber se erige como un pilar fundamental para el propio espacio. Partimos de una hipótesis: En el tiempo de conversación entre padres es de esperar que se produzcan algunas modificaciones en las posiciones iniciales de cada uno de ellos. Nuestra función apunta a causar, propiciar, en definitiva sostener el espacio de palabra de cada uno, entre los otros, y hacer un acompañamiento del grupo y de sus vicisitudes.
Para ello, contemplamos la cuestión de que, en la mayoría de los casos, las experiencias de los padres son vividas como dramáticas, dejándoles del lado de la impotencia y del rechazo respecto al mundo del hijo. Esta tesitura alimenta los desencuentros constantes entre unos y otros. Los padres se ven convocados en el punto donde ellos mismos quedaron fijados, cada cual, a su propia adolescencia, lo cual se hace presente en el momento de la pubertad del hijo. El grupo podría servir para que los padres de adolescentes en crisis pudieran apercibirse de que ellos mismos suelen atravesar un mal trance(2). Esto es, darse cuenta de la función de tapón que propician.
Pensamos que a los participantes les podría convenir encontrarse con un lugar donde poder extraer el drama en que se presenta la cotidianidad. Como dice Ana Pampliega: “La vida cotidiana se manifiesta como un conjunto multitudinario de hechos, de actos, objetos, relaciones y actividades que se nos presentan de forma dramática”(3). Muchos padres viven las relaciones con los hijos en una soledad angustiante que introduce mayor complejidad a los asuntos familiares. Es por ello que consideramos que es importante en el trabajo de grupo llevar a cabo una tarea crítica de la vida cotidiana. “Esta crítica […] es lo opuesto a la conciencia ingenua. Implicará una interpelación a los hechos, su problematización. Una consecuencia de la crítica será la desmitificación, la superación de las ilusiones o ficciones en relación a los hechos”(4).
Acerca de los fenómenos de grupo
En la investigación de Sigmund Freud sobre la psicología del grupo, advierte acerca de los fenómenos de masa y, a su vez, de los efectos sobre el sujeto, como por ejemplo la importancia de estar incluido o excluido en él. Destaca que el ser humano no puede prescindir de las relaciones con sus semejantes. En este sentido dice: “En la vida anímica individual aparece integrado siempre, efectivamente, el otro como modelo, objeto auxiliar o adversario y, de este modo, la psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio psicología social”(5). Asimismo, señala una cuestión central a tener en cuenta en la constitución de un grupo: “Las relaciones del individuo con sus padres y hermanos, con la persona objeto de su amor y con su médico (léase aquí la relación de transferencia con su psicólogo, su psiquiatra, o su referente terapéutico) pueden aspirar a ser consideradas fenómenos sociales. De aquí que cada una de estas personas amadas adquieran una notable importancia para el sujeto”(6).
Según Le Bon, la masa necesita un jefe y es preciso que tenga determinadas aptitudes personales(7). Al respecto, nuestra orientación apuntaba hacia otro lugar. El no-saber de nuestro lado, sin ocupar el lugar de expertas en el manejo grupal, junto al desconocimiento de lo que nos encontraríamos en el desarrollo de este espacio aquí en el CSMIJ, se articuló al no-saber de los padres con sus preocupaciones y preguntas sobre cómo resolver muchos escollos en la convivencia con los hijos. Tuvimos en cuenta que: “Para que los miembros reunidos en un grupo humano lleguen a formar algo semejante, una masa, en el sentido psicológico de la palabra, es condición necesaria que entre los individuos exista algo común, que un mismo interés los enlace a un mismo objeto y que posean en cierta medida la facultad de influir unos sobre otros”(8). No obstante, la significación será diferente para cada uno de ellos(9).
¿Con qué nos encontramos?
En nuestra experiencia, ocurrió que los padres hicieron suyo ese objeto común, esto es, los hijos adolescentes y el enigma que les provoca; lo cual estableció un nexo de unión entre ellos y contribuyó a que simpatizaran unos con otros. Una madre decía a otra: “Has de tener paciencia y saber comunicarte con tus hijos. Si tus hijos utilizan el WhatsApp, pues envíales, como hago yo, un mensajito de saludo y por ahí les pides alguna tarea que deban hacer… Suele ir bien…”. Otra madre necesitó el contexto grupal para traer al marido a que escuchara otros testimonios y entendiera que su hija de 15 años quería salir con amigos y pasarlo bien. La madre de otro chico, con diagnóstico de hiperactividad, manifestó su desacuerdo con el padre en cómo ubicarse frente al hijo, preguntándose si lo estaban haciendo bien o no. Gracias a esta contribución, surgió la cuestión del consentimiento a la diferencia y a la singularidad del hijo. Emergió entonces un asunto actual: La crítica de los padres a la presión que sienten, cada vez más pesada, del mundo de la educación que se ejerce en los centros escolares, de tiempo libre, de servicios sociales, etc. Agentes propulsores de mandatos superyoicos en cuanto a normas y deberes escolares, pero también morales… que, por supuesto, el hijo no cumple. Esta coyuntura promueve la emergencia de consejos a los padres, por ejemplo, de toma de medicación para que el chico deje de molestar en clase, en el patio, etc. En la conversación, se dio testimonio de que muchos padres sucumben a esta inercia social y se dejan arrastrar por el discurso hipermoderno del control y de la homogeneización: ¡¡todos iguales y comportándose bien!! Surgió el interrogante de cómo poner un freno a este empuje.
Otro hilo de la conversación fue acerca de la sexualidad de los chicos. Por ejemplo, se pudo hablar de sus temores a los embarazos, no sólo por parte de los padres de las chicas sino también de los chicos, por la responsabilidad que les tocaba asumir a unos y a otros. Se habló también de la sociedad de la permisividad que influye en un cambio radical en los estilos y tendencias de los chicos(10). Una madre explicaba que ella le había comprado una caja de preservativos al hijo, y éste la había cogido, agradeciendo el gesto. Pensaba hacerlo también con la hija cuando ésta diera señales de iniciación en el mundo de la práctica sexual.
De entre unos puntos y otros de la conversación, es de destacar una intervención de un padre que dejó caer su pregunta: “¿en qué nos estamos equivocando nosotros?”. Ello sirvió para leer las dificultades o asuntos con los hijos desde la perspectiva de la responsabilidad de los padres.
¿Qué otros efectos pudimos captar a lo largo de las sesiones?
El sujeto integrado en un grupo experimenta, bajo su influencia, una modificación a veces muy profunda de su actividad anímica. Su afectividad queda intensificada y, en cambio, notablemente limitada su actividad intelectual, como indica Freud en su texto sobre los fenómenos grupales. En nuestra práctica, encontré esta cuestión en la posición de algunos padres, que difería de la que manifiestan en la situación de una entrevista individual. Algunos que en la consulta suelen hablar, preguntar, etc. se mostraban callados y vacilantes. En cambio, algunos otros cuya tendencia es colocarse en un estado lábil y de angustia, en el espacio grupal tomaban la palabra con soltura, suscitando interés en el público. Esto puede responder a que el individuo integrado en una masa adquiere un sentimiento de potencia invencible, por lo cual puede permitirse ciertas respuestas. Otro elemento a tener en cuenta es que por ser el grupo de un carácter anónimo, el sujeto queda en un lugar de mayor anonimato, respaldado por la palabra y la fuerza de la colectividad. Para Freud, la masa es irresponsable en tanto desaparece para cada uno el sentimiento de responsabilidad, poderoso y constante freno de los impulsos individuales(11). No obstante, en este grupo la asunción de la responsabilidad por el hecho de que un sujeto habla, fue fundamental, en tanto la conversación se orientaba a que cada padre tomara libremente la palabra sosteniendo su argumentación y los efectos de ésta.
Otro efecto grupal con el que nos encontramos es el de la Identificación. Freud señala que la identificación aspira a conformar el propio yo análogamente al otro tomado como modelo. La identificación que se produce en un grupo puede darse por la vía de la aptitud o voluntad de colocarse en la misma situación.
Por nuestra parte, cabía tener en cuenta este fenómeno facilitado por la sugestión que se produce en un grupo. Así, cuando un padre inició su charla, aludiendo al acoso escolar que su hija había sufrido, rápidamente la mayoría hizo suyo este tema y se alimentaron de sus temores, sus fantasías… El grupo se muestra crédulo, influenciable, desaparecen las inhibiciones individuales y se refuerza. Supimos entonces que es necesario ejercer bien una función de escucha y de corte, acotando y orientando el discurso para desbaratar el efecto de hinchamiento de puntos complicados (quejas, reivindicaciones, etc.) que no llevan más que a un callejón sin salida.
En el final del trabajo grupal
La tarea de desmitificar y deconstruir ideas, creencias y estereotipos supone también apostar por algo distinto a una política de soluciones ideales o de recetas técnicas a las cuestiones que cada padre vivencia como problemáticas. En este sentido: “La situación de grupo permite tratar cuestiones que les afectan a todos y […] no todas están en el mismo punto de elaboración. Los ejemplos de su experiencia que cada uno aporta a la reflexión permiten a los otros ver el problema desde otros puntos de vista”(12).
Mientras acontecían los encuentros con los padres y cuando iniciamos el análisis de lo que en este espacio había ocurrido, nos surgió una pregunta:
¿Qué venían a buscar estos padres, y qué se llevaron?
Estos padres pedían pautas, demanda tan generalizada en la actualidad. Pero estas pautas no son otra cosa que los consejos de antaño que la gente buscaba en maestros, médicos, curas, abuelas… Pensamos que lo que se trataba de leer aquí es una demanda de orientación, una brújula para saber cómo manejarse ante las dificultades con los hijos adolescentes, algunas bien complicadas. Pues, los consejos pueden tomarse como “maniobras de culpabilización”(13), dado que implica que alguien que sabe va a decir cómo hacer con el hijo y esto, más que responsabilizarles, sirve para señalar la falta de la peor manera.
¿Entonces, qué se llevaron los padres? Algunas indicaciones y puntualizaciones que, de alguna manera, ellos mismos construyeron. Esto les podía facilitar salir de los embrollos imaginarios con los hijos. Dejamos a un lado, por no ser nuestra perspectiva de trabajo, lo que desde algunas disciplinas leen como fallos o errores de los padres, con el fin de ejercer una fiscalización y control sobre ellos. Optamos por la vía de la falta, de lo que no hace proporción, de lo que no va en los encuentros entre los sujetos. Algo que más bien desculpabiliza y responsabiliza. Se fueron con una orientación posible, distinta a la desorientación inicial con la que llegaron.
Para concluir
En este lugar de encuentro grupal pudimos determinar que lo que habíamos analizado era la articulación de tres niveles: lo social, la adolescencia de los chicos, y lo particular de cada uno. Las diversas cuestiones que iban surgiendo las ubicamos en el contexto social actual, un escenario deprimido por el impacto de la crisis; las leímos desde el momento particular de lo que implica “ser adolescente”; y más allá, atendimos a la singularidad subjetiva de cada hijo —en la que no entramos—, pero que los padres optaban por mencionar en su discurso.
Pasar de la pauta que da el Otro, a una pregunta que dé lugar a una respuesta que cada padre, entre sus pares, pudo encontrar; a mi parecer, es un paso que pudimos lograr.
A modo de final, quiero destacar uno de los efectos más claros que percibimos con relación a un cambio de posición en algunos padres: el uso del humor. Hacer un chiste de lo que es goce del sufrimiento y de la queja; esto es, reírse un poco del mal que a uno le aqueja, bien puede valer como una expresión de la obtención de otro tipo de satisfacción.
Notas bibliográficas
(1) Término extraído de la expresión de Jacques Lacan: “[…] lo irreductible de una transmisión […] que es la de una constitución subjetiva, que implica la relación con un deseo que no sea anónimo”, en “Dos notas sobre el niño”, Intervenciones y textos 2, Ed. Manantial, p. 56.
(2) Cordié, A. (2007): Malestar en el docente. La educación confrontada con el psicoanálisis. Buenos Aires. Nueva Visión, p. 242.
(3) Pichón Riviere, E.; Pampliega de Quiroga, A. (2010): Psicología de la vida cotidiana. Buenos Aires. Nueva Visión, p. 13.
(4) Ibíd., p. 15.
(5) Freud, S. (1921): “Psicología de las masas y análisis del yo”. Buenos Aires. Amorrortu editores. Tomo XVIII, p. 67.
(6) Ibíd., p. 67.
(7) Ibíd., ver cap. II, “Le Bon y su descripción del alma de las masas”, p. 77.
(8) Ibíd., ver cap. III, “Otras apreciaciones de la vida anímica colectiva”. Freud se refiere a MacDougall, otro autor que expone su punto de vista sobre el fenómeno grupal.
(9) Acerca de los grupos véase también Polanuer, M. (2004): Grupos y humanos. Madrid. Biblioteca Nueva. Diván El Terrible, p. 59.
(10) Cottet, S. (2008): “El sexo débil de los adolescentes: sexo-máquina y mitología del corazón”. Virtualia, nº 17, Revista digital de la EOL, enero-febrero.
(11) Freud, S., op. cit. (1921): cap. VII, “La identificación”, p. 99.
(12) Bardón, C. (2009): “Trastorn mental greu”. L’interrogant, nº 6 (9). Este texto da cuenta también de un proyecto de tratamiento grupal que la autora había coordinado con padres de chicos con este tipo de trastorno.
(13) Cordié, A., op. cit., p. 243.