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Araceli TeixidóPsicoanalista ELP y AMP. Psicóloga clínica Unidades Sociosanitarias del Hospital Sant Jaume (Calella)
Coordinadora Taller de la Paraula en Medicina (SCB) y de la Red Psicoanálisis y Medicina (ICF)

La tarea del psicoanalista no es enseñar, tampoco es la del médico. Sin embargo, ambos se sienten concernidos por la enseñanza. Como recuerda una colega en un artículo reciente(1), toda formación tiene como esencia el contener el goce de algún modo.

¿Y en medicina?

En medicina, efectivamente, nos referimos a la educación sanitaria cuando se trata de transmitir a los pacientes los hábitos saludables, las normas de funcionamiento de los tratamientos. Y si es innegable el favor que un profesional hace al ser claro en sus comunicaciones, también es verdad que eso solo no basta, como, por ejemplo, demuestra el problema del incumplimiento terapéutico.

Julio no toma los retrovirales, Juana no sigue las prescripciones para la diabetes, Benito se niega a la amputación de una pierna. Se les ha explicado suficientemente y con claridad, pero se resisten. Cuando los pacientes no responden a lo que se espera de ellos, la derivación al “psi” es la elección.

¿Entonces cómo responde el psicoanalista?

Para aclararlo me referiré a las diferencias entre el cuerpo que concibe la medicina actual y el cuerpo que concibe el psicoanálisis.

La histeria como modo de aproximación a la relación palabra/cuerpo

En el siglo xix dos alumnos de neurología en la cátedra de Charcot, Ba-
binski y Freud, realizaron estudios muy distintos sobre la histeria, los cuales dieron lugar a dos maneras de entender la relación de la palabra con el cuerpo.

En la histeria, la enfermedad en el cuerpo no se aviene a los trazados de la anatomía, más bien se trata de su capacidad de imitar a otras enfermedades humanas. Con esta observación se centró el ámbito de la enfermedad histérica que Freud acotó con el concepto de identificación. La histérica es una enferma por identificación, enferma como otros. Igualmente se percibía que la actitud y preguntas del médico podían influir en el génesis de estos desórdenes.

Los dos investigadores se interesaban por la influencia del médico. ¿Cómo debe ser utilizada?(2) También la curación pasaba por la sugestión: así era como sucedía con la hipnosis. Durante los períodos de hipnosis, los síntomas de las histéricas desaparecían.

La histeria según Babinski y la histeria según Freud

Veamos someramente en qué consistió el estudio de cada uno de estos médicos.

Babinski(3) abordó la histeria con un punto de vista objetivo y descriptivo: es una enfermedad que se puede reproducir por sugestión y que se cura por persuasión. No hacía hablar a sus pacientes, puesto que le parecía que los relatos confundían la exploración.

Babinski estudiaba enfermos de guerra con la misión de descubrir a los simuladores, aquellos que no deseaban volver al campo de batalla y que, por ello, engañaban. Entre los enfermos se encontraban auténticos simuladores, pero también había histéricos. Estos no tenían intención de engañar, pero el miedo les llevaba a engañarse a sí mismos y enfermar “falsamente”.

Uno de los ejemplos más sorprendentes de este autor sobre el tratamiento de la histeria es el caso de uno de los médicos que trabajaba para él y que ofrece el relato de unos soldados que después de un naufragio padecían aparatosos síntomas neurológicos. Convencido de que no se trataba más que de histerismo, les aplicó castigos corporales: les azotó con un látigo. Funcionó, si llamamos funcionar al hecho de que los síntomas desaparecieron.

No era el método habitual, pero era admisible. Él prefería la persuasión. Había que facilitar al enfermo una percepción más adecuada a la realidad y convencerle de la irrealidad de su patología.

Janet –otro neurólogo de la época– observó con ingenio que si el paciente sigue siendo sugestionable, es que, en realidad, no está curado(4).

Por otra parte, creo que podemos observar el hecho de que orientado por un ideal de funcionamiento, obtuvo una terapéutica, pero se perdió lo más interesante de la histeria: el hecho de que más allá de la conducta hay un deseo.

Precursor de los métodos actuales, hoy se identifica la conducta al deseo cerrando el acceso al mismo.

Para Freud(5-6) la histeria es causada por el desvío hacia el cuerpo por parte de una excitación psíquica no descargada. Según se deduce de sus estudios, la histeria es producto de la relación entre cuerpo y lenguaje. En un momento de vacilación personal grave, la histérica se apodera de una identificación de otro a fin de poder responder a algo para lo que no tiene respuesta propia.

Para su investigación, escuchaba a histéricas, mujeres que enfermaban y cuyo relato al médico daba cuenta de conflictos inconscientes no resueltos que, al devenir conscientes –para su sorpresa–, producían la sanación. El médico no intentaba influir en un sentido u otro, escuchaba y animaba a continuar hablando.

Elisabeth Von R., por ejemplo. Esta mujer enfermó tras haber estado cuidando a su madre hasta la muerte, después de morir su hermana de parto y mientras cuidaba a su padre muy enfermo. Contrajo una parálisis que le impedía caminar. Pueden leer el caso, en los Estudios sobre la histeria, la cuestión a destacar es que Freud no se conforma con la hipótesis, lineal y vaga, de que el origen pueda estar en la sobrecarga y las renuncias por los cuidados a otros. Con su investigación intentaba establecer la lógica del enfermar. Paralelamente a los cuidados prodigados a los enfermos, la cuidadora narraba los circuitos del amor, narración que la lleva hasta un pensamiento fuertemente reprimido hasta ese momento, por el dolor moral que le causaba: “ahora que ha muerto mi hermana, mi cuñado queda libre, me puedo casar con él”. Hacerlo consciente marcó el inicio de su curación.

En la enfermedad conversiva, se revela un nudo entre palabra y cuerpo y es el propio paciente el que, con ayuda del médico interlocutor, podrá dar cuenta de las vueltas de ese nudo y aflojarlo.

Conclusiones

La medicina y el psicoanálisis comparten dos espacios de interés y tratamiento: el cuerpo y la palabra. La medicina se ha interesado en el cuerpo como si de una máquina se tratase, y eso significa que no considera el goce de los sujetos: es decir, que hay motivos conscientes e inconscientes para actuar de otro modo que el que dictan las buenas costumbres. Fumar, engordar, olvidar la medicación, no usar el preservativo o, incluso, agredir a los profesionales de la salud, nos remite a un campo diverso que el de la máquina.

El psicoanálisis se ha interesado en el cuerpo considerando la incidencia que el lenguaje tiene en él y en esa vía ha encontrado que cada ser humano tiene un cuerpo que hace suyo, que experimenta y gusta, o no, de experimentar, que trata según su deseo consciente y también contra este, mostrando que no solo se trata de lo que se pueda apetecer.

Esta dimensión del cuerpo, orienta a un uso particular de la palabra. Un uso que compromete a cada médico en la tarea, a veces pedagógica, pero que en ocasiones debe dejar de lado el afán pedagógico y abrir la puerta a ese deseo distinto del suyo que ha llamado a la puerta de su consulta.

Julio pudo tomar los antirretrovirales cuando aceptó tener sida. Juana aceptó que se la remitiese al psicólogo para ser educada en el tratamiento de la diabetes y ello le sirvió para hablar de sus desórdenes amorosos y, durante ese tratamiento, empezó a tomar correctamente la medicación. Finalmente, Benito aceptó que le amputaran la pierna cuando el médico aceptó escuchar los motivos de su negativa.

A un cuerpo obediente a las reglas del lenguaje, corresponderá una educación que excluye la palabra del paciente, la persuasión. A un cuerpo desordenado por el lenguaje, corresponderá el deseo del analista(7) que se remite al saber del paciente sobre las respuestas que él mismo da.

Notas

(*) Trabajo presentado en el 7ème. Colloque Medecine et Psychanalyse “Eduquer, transmettre”, en octubre de 2015 en Clermont-Ferrand (Francia).

(1) Manzetti, R.E. (2015): “Nostalgie de suppléance”. http://pipolnews.eu [18/05/2015].

(2) Bernheim, H.M. (1887): De la sugestión y sus aplicaciones a la terapéutica. Oviedo. Versión española de José Plaza y Castaños.

(3) Babinski, J.; Froment, J. (1918): Hystérie-pithiatisme & troubles nerveux d’ordre reflexe. París. Masson et Cie. Éditeurs.

(4) Janet, P. (1973): L’automatisme psychologique. Essai de psychologie expérimentale sur les formes inférieures de l’activité humaine. París. Félix Alcan, p. 427.

(5) Freud, S.; Breuer, J. (1985): “Estudios sobre la histeria”. O.C. Vol. II. Buenos Aires. Amorrortu, 1993.

(6) Álvarez, J.M., y otros (2004): Fundamentos de psicopatología psicoanalítica. Madrid. Editorial Síntesis.

(7) Cottet, S. (1988): Freud y el deseo del psicoanalista. Buenos Aires. Manantial.

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