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Hebe Tizio Doctora en Psicología. Psicoanalista. Docente de la Sección Clínica. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis

Esta Jornada nos convoca bajo el título “Salud mental y educación: adolescentes clasificados, profesionales desbordados”, para señalar un malestar y plantearnos interrogantes que se abren a la necesidad de un trabajo orientado a la actualidad.

Mi posición al respecto es que frente a una situación crítica se trata de proponer algo nuevo, sin embargo lo nuevo tiene que inventarse, por eso es necesario proponer las coordenadas para que ello se produzca.

¿Cuáles son estas coordenadas? El marco del no saber que puede permitir avanzar. Para ello el primer paso es reconocer lo que hay, de dónde partimos, los obstáculos, los interrogantes que tenemos.

He ubicado tres puntos donde se plantean dificultades que no podemos dominar individualmente, pero sí podemos decidir la posición a tomar, lo que puede evitar que los profesionales se sientan desbordados. Los mismos son: “La llamada salud mental y las categorías que se utilizan”, “La pubertad, la tecnología y el cuerpo” y “La institución y el desborde de los profesionales”.

La llamada salud mental y las categorías que se utilizan

La llamada salud mental hace referencia a un campo donde los sujetos se clasifican en función de los trastornos que presentan y que actúan en el vínculo social, por eso se transforma en una categoría de orden público. Las diferentes clasificaciones que han ido dando los distintos DSM apuntan cada vez más a la estigmatización de los sujetos por las lógicas neoliberales de control poblacional. Por esta razón han ido perdiendo la perspectiva clínica, para ir recalando cada vez más del lado de especificaciones confusas, ideológicas y/o morales, como “emociones prosociales limitadas”.

Pero no se trata de trastornos sino de síntomas y los mismos tienen una función que es singular en cada caso. Cada persona funciona de una manera y, aunque parezca irracional, hay que entender que tiene una lógica que no conocemos. Esto marca la posición del profesional con un no-saber que, sin duda, a veces es difícil tolerar. El funcionamiento puede darnos una primera aproximación a las modalidades defensivas y productivas de un sujeto, y a cómo éste se sirve del etiquetaje, porque no es un ser pasivo.

El significante salud mental debe descompletarse así de la información estandarizada que se propone. Y en ese agujero albergar la singularidad de cada sujeto que acogemos. Para ello, en lo que el sujeto dice hay que leer lo que hace, explorar esa contradicción frecuente, porque ésta permite orientarse por la repetición. De esta manera puede existir la posibilidad de lograr distintas implicaciones subjetivas con el síntoma que tiene lugar bajo la transferencia.

La salud mental no es la clínica, sencillamente porque ésta ha borrado la idea de síntoma y con ello deja de tomar en cuenta al sujeto. Reintroducirlo es poner en primer plano la ética de la responsabilidad, que ha sido totalmente suplantada por la de las intenciones y que funciona como coartada al estilo de “quería hacerlo pero las circunstancias…”.

Sin embargo, y aquí hay algo paradojal, lo interesante es que el mismo DSM va generando una crisis de las clasificaciones, lo cual hace decir a Laurent [¿referencia?] que la misma permite que el sujeto haga
un uso posible de los modos de etiquetaje.

Si reconocemos esta cierta libertad en los sujetos, ¿cómo se juega esto del lado de los profesionales? Aquí simplemente recordar que la administración propone, pero quienes administran las categorías son los profesionales. ¿Entonces, se trata de quejarse de esa crisis, de pedir coherencia o de explorar las distintas posibilidades de juego y hacerlas servir responsablemente según convenga?

La pubertad, la tecnología y el cuerpo

La adolescencia es una construcción discursiva cambiante, que puede existir o no, que sirve para tratar la pubertad que es un universal que coincide con el momento en que se plantea el tratamiento del otro como partenaire sexual.

Es el momento de salida de la infancia, marcado por cambios en el organismo y sus repercusiones en el cuerpo, y que se realiza sobre unos previos, pero que al mismo tiempo los desestructura. De allí que sea un momento de sintomatizaciones y descontroles muchas veces extremos.

La modernidad sólida trató estas cuestiones desde la autoridad de los ideales que indicaban lo que se debía hacer y lo que no. Esto no impedía los síntomas pero el tratamiento de los mismos se hacía mediante las fijaciones normativas, donde el recurso a la tradición y a la promesa de futuro anclada a la idea de progreso tenía su peso. Es decir, el control del goce que invadía el cuerpo del púber se hacía de manera indirecta por la promesa educativa y de manera directa por el castigo que era reconocido como tal. De allí que el mismo tuviera eficacia, ya que para que el castigo funcione debe ser reconocida la autoridad del que lo implementa, sino queda como algo sin consecuencias. Hoy se da la paradoja de que el castigo desautoriza a quien lo implementa.

Las modalidades actuales del control son directas y hay que saber que, si se fuerza el ejercicio de un poder, aparecen reacciones agresivas o de desprecio.

La pubertad es un momento de la vida donde la aparición de un
nuevo quántum pulsional desestabiliza la resolución lograda por el sujeto en la infancia. Hay otro acceso al goce que lleva al encuentro con el partenaire sexual lo que implica cambios en el cuerpo, en la imagen, en la relación con el otro y en el régimen de satisfacciones. Es algo del orden de una experiencia y que no se sabe por anticipado, de allí que el sujeto construya sus “teorías”. Las teorías sexuales de la adolescencia no son formuladas estrictamente para saber sino para posibilitar un encuentro. Esto permite hacer la diferencia entre la información sobre la sexualidad y la propia teoría. Para atravesar este tiempo el sujeto necesita de una construcción fantasmática que le permite fijar un partenaire a partir de lo que son sus condiciones de amor y de goce.

Lo interesante de nuestra actualidad es que los semblantes para tratar el goce son pobres y aquellos que se podrían llamar teorías han perdido su espesor… No se puede dejar de pensar en este punto en la revolución tecnológica y en los efectos subjetivos de la misma.

La pubertad se refiere al momento donde el sujeto se enfrenta con la falta de un saber sobre la relación entre los sexos bajo el imperio pulsional que empuja al encuentro y, como ya he mencionado, donde algo debe inventarse para fijar un partenaire. Como señala Miller, frente a la falta de saber al adulto antes le era posible mediar, el saber estaba en el Otro, ahora está en Internet. Clásicamente, era un momento de pasaje de lo autoerótico al Otro. Sin embargo, esto ahora no es tan así. Los nuevos aparatos de goce no están en el cuerpo del otro sino en la pantalla. En cierta medida el goce del acto sexual palidece frente a la híper excitación en juego, y esto no sólo sucede en el caso de los adolescentes. El tipo de soporte tiene su influencia sobre lo pulsional. La diferencia del soporte papel con el soporte pantalla es grande, porque este último tiene un efecto de captura que exacerba los impulsos.

No podemos poner en duda que siempre ha existido el acoso escolar, pero la particularidad del momento marca un cambio, ya que no hay referentes de autoridad que pongan límite –se hacen cursos a los niños para la autodefensa– y la tecnología permite crear una vídeo realidad que se graba mientras es realizada. Del mismo modo que un breve encuentro sexual o las transgresiones pueden subirse a las redes sin el consentimiento del partenaire. El sujeto o el grupo se transforma así en productor de un objeto de oscuro goce que se pone a circular.

La pubertad es el momento de la fijación fantasmática que permite asegurar la singularidad de las condiciones de goce y, de este modo, sintomatizarlo en el cuerpo del otro. La dificultad de la fijación tiene que ver con que la tecnología permite, si se puede decir así, la escenificación de fantasmas variados, lo que lleva a vivir en actuación permanente. Pero hay que entender que esto sucede por la falta de regulación por parte de los adultos; sin embargo esto no pasa de un día para otro sino que tiene que ver con las modalidades actuales de la socialización.

Aquí una de las dificultades mayores es el profundo rechazo que muchos adultos tienen a asumir su responsabilidad en este campo, lo que genera que los niños y adolescentes queden sin defensa frente a un mercado devorador.

Por eso no se trata del estéril debate sobre si se deben permitir los aparatos tecnológicos, prohibirlos, etc., sino de poder entender los cambios profundos que estos soportes imprimen en lo pulsional, en el cuerpo, permitiendo la completud por el objeto fantasmático en realización a una demanda, lo cual genera todas las modalidades adictivas que existen en la actualidad. Ellas testimonian una indudable falta de regulación.

Esto impide producir el no saber que permitiría entender algo acerca de la forma que los adolescentes tienen de gozar estos aparatos protésicos del cuerpo del otro y, a partir de aquí, lograr saber cómo tratar esta cuestión.

La institución y el desborde de los profesionales

La actualidad tecnológica tiene efectos sobre lo pulsional. Pero no son solamente los efectos sobre el sujeto, sino que esto toca profundamente a los profesionales. Un discurso que ordenaba y reconocía la autoridad de los profesionales legitimaba sus medios de tratamiento. Por eso los profesionales muchas veces no saben qué hacer y el exceso de clasificación y los protocolos dan lugar a la falta de operatividad. Pero esto no resuelve el problema, porque estos procedimientos tienden a destruir la especificidad de la acción profesional, que siempre se da caso por caso.

También hay que tener presente que, con su oferta, las instituciones preseleccionan los sujetos que atenderán, lo que genera que muchas de ellas atiendan sujetos con dificultades importantes. En un momento en que existe una gran fragilidad de los recursos simbólicos, la fragilidad de los recursos familiares e individuales, que son recursos para el tratamiento del goce, hacen emerger problemáticas más graves por falta de marco, límite o contención.

Una clínica de la actuación y del rechazo variado al Otro, es hoy más evidente por el predominio del objeto sin regulación. Lo paradójico es que no se hace lugar para albergar ese rechazo y poder modularlo sino que se suele responder con otro rechazo.

Clasificar con ambición preventiva implica querer anticipar e intentar resolver con una identificación perdurable, sólida, la difícil fijación. “Si el sujeto es de tal manera cuando es pequeño, de mayor será delincuente…” Esas clasificaciones encarnan ese rechazo. Rechazo doble al sujeto, se podría decir, pero también a la propia función profesional. Las políticas neoliberales dejan a los sujetos, en general, pero muy especialmente a los niños y adolescentes, en la más grave de las desprotecciones frente a la administración. Esto quiere decir que no se los trata como sujetos, no se apuesta por ellos, más bien se los trata como peligros latentes. Se da el caso de que en lo que éstos hacen no se lee lo que les sucede, sino que se buscan los signos de su goce, para estigmatizarlo, y no para ayudarles a sintomatizarlo. Digo sintomatizar, para señalar que se trata de ayudarles a hacer algo con ello, en lugar de actuarlo, elaborarlo o construir algo que frene.

Pese a todas las dificultades mencionadas, los sujetos son sensibles al Otro cuando se les da un lugar electivo, es decir cuando se sostiene la transferencia ofreciéndose como un instrumento para tratar el malestar. Muchos de estos casos requieren intervenciones concretas, a veces creando las redes que los sostengan, y allí, asistentes sociales, educadores, psiquiatras, tienen un lugar fundamental donde se necesita un trabajo a realizar entre varios.

Las instituciones, hoy en día, están ahogadas por la aplicación de lógicas economicistas que priorizan la estandarización en detrimento de la atención, con lo cual van contra los sujetos y los profesionales.

Lo que desborda a los profesionales no son los sujetos ni la institución, sino la posición que éstos adoptan. La posición de queja es pasiva y siempre hay que pensar qué actos son los que obtura, qué actos son los que se evita realizar. La dificultad mayor es retroceder para no enfrentar los riesgos de lo nuevo ante aquello que aún hay que inventar. Pero para ello tiene que haber deseo, y es lo que supongo que existe en los presentes, si no no estarían aquí.

La cuestión que se plantea es cómo aprovechar los intersticios no dejando que los aplicativos obturen el deseo, que es lo que permite recuperar la ilusión en lo que se hace, porque eso es finalmente lo que se transmite y crea transferencia, es decir, confianza.

Nota

(*) Conferencia inaugural pronunciada en la XII Jornades de Debat de la FNB.