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Joana Kyra Valencia Pla Psicóloga Clínica

Cada día acogemos a unos niños en La Casa Azul, algunos son muy pequeños, otros no tanto, y otros son mayores, que tienen en común el hecho de que llegan a nuestro dispositivo con un diagnóstico de Trastorno Mental Grave (TMG), un diagnóstico incierto, sin lugar a dudas. Incierto, por ser la infancia y la adolescencia un periodo evolutivo, de estructuración psíquica, y sobre todo porque este diagnóstico no da cuenta del universo particular de cada uno de estos niños, de sus padecimientos, de su historia, de su entorno; tampoco de sus posibilidades ni de sus características subjetivas. Llegan con unas dificultades y unos síntomas, también diferentes y particulares en cada caso, que ponen en relieve que ese niño ha quedado detenido en algún punto de su desarrollo, obligado a ingeniárselas a su modo para poder defenderse de aquello que le invade, sus angustias, y, a pesar de este esfuerzo, no ha hallado una forma de poder estar en paz con sus padres, con sus iguales, en la escuela y en el mundo.

En la Casa Azul todo tiene un porqué. Esto lo intuí y me fue dicho en un primer momento, pero lo voy descubriendo “de a poquito”. Durante diversos instantes, en encuentros, en sensaciones y en imágenes difíciles de sintetizar en palabras. Los espacios, los colores, las personas, los tiempos, las actividades, las palabras y los silencios; también la entrada, la salida, la fiesta de despedida, el trabajo con las familias y la escuela, las terapias individuales y mucho más. Todo tiene una razón de ser, todo está dispuesto para descubrir las posibilidades de cada niño y, a partir de lo que puede mostrar sobre lo propio en cada momento, rescatar a ese niño que ha quedado atrapado en su “Patología”.

La Casa Azul es un dispositivo que se aparta del resto de los dispositivos de Salud Mental, no por dirigirse más allá del abordaje de lo psicopatológico, sobretodo por la forma de hacerlo, de llevar a cabo la práctica clínica. Las patologías con las que lidiamos, ya se trate de los autismos, las psicosis en la infancia o las variedades de neurosis graves, suponen una dificultad en la relación con el Otro, en el acceso a lo simbólico y en el uso de la palabra, y es justamente por este motivo que el grueso del trabajo con los niños tiene lugar en los talleres terapéuticos y no en un despacho.

Los talleres –la mayoría en formato de pequeño grupo, algunos individuales– estructuran los tiempos en el dispositivo y suponen un espacio de actividad, de producción de objetos, de construcción y de experimentación. Los diferentes tipos de talleres (de manualidades, de habilidades sociales, de cocina, de actividad física, de arte, entre otros) se programan en función de unos objetivos terapéuticos específicos, en base a la actividad y al grupo de niños a los que van dirigidos y, en un momento dado, de la consideración terapéutica para cada niño. Pero la importancia de los talleres recae, sin duda, en que hacen posible el acompañamiento terapéutico, pues es a partir del ayudar a hacer cosas, desde una posición de escucha-observación, de la discreción, de saber cuándo intervenir, contener, frenar impulsos y estimular, cuándo permitir y no decir, que se ofrece el dispositivo como un lugar seguro donde puede tener lugar el restablecimiento del vínculo con el otro y, en algunos casos, el descubrimiento de ese Otro y de sí mismo. Porque se trata, por medio de los talleres, de ofrecer diversas herramientas, objetos y actividades en las que el niño pueda mostrar interés, producir algo propio, pronunciarse, y, además, que los profesionales que acompañan al niño en los talleres estén dispuestos a recoger eso que produce, esa muestra subjetiva, y, a partir de ella, ampliar las posibilidades de constitución subjetiva.

S., 5 años. La primera vez que lo vi fue en el taller de construcción y juego. Se mantenía la mayor parte del tiempo ensimismado, pasivo, alejado de nosotros y de los otros niños del taller, rechazando la mirada. A mí me parecía que sufría de mucha angustia. D., su referente (auxiliar de clínica), le proponía varios juegos y actividades, sin exigencias y dando margen a su necesidad de aislamiento. También en el taller de arte/guarreo le propone juegos e inventa manipulaciones con los materiales, siempre desde un segundo plano, y siguiendo lo que hace S., hasta donde S. le permite. Si S. juega con el sonido de la lata, D. lo sigue e introduce otros elementos, por si se anima a probar, manteniéndose en una cercana distancia, mientras va poniendo en palabras lo que hace S., lo que parece expresar, dando forma a sus acciones. Y esto mismo hace D. en todos los talleres, cada día, limitando su tendencia a pegarse al cuerpo de los otros, y en permanente atención a cualquier minúscula acción-producción iniciada por él, a cualquier signo-muestra del niño que parece atrapado en su mundo y aislado del entorno.

S. se interesa por un libro y comparte este interés con D. Cada mañana, al llegar, busca el libro, se sienta junto a D. y juntos pasan las páginas. D. sigue poniendo palabras a lo que hace S. y a lo que aparece en el libro. “Un coche”, y S. se levanta y va a buscar el coche de juguete. Han entrado en un juego que parece que sólo ellos comparten, y S. se divierte, parece estar en paz. Desde fuera, da la impresión que ha habido un encuentro entre dos mundos y entre dos personas.

En un segundo tiempo, S. se dirige a J. (enfermero) y busca compartir con él su juego con el libro. Pocos días después, me parece que algo ha cambiado en S., está diferente y su expresión es otra. Más activo, su mirada más viva, se interesa por los juguetes de la sala de pequeños, en el taller de orientación, en un espacio abierto, se aproxima a los otros niños; en el taller de música, juega con los instrumentos y emite una vocalización semejante a “más”, dirigiendo la mirada a M., conductor del taller (auxiliar de clínica), cuando éste para la música, en su juego de alternancia sonido-silencio.

Yo me pregunto si hubiese sido posible este cambio sin la persistencia de D., que con su mirada es capaz de ver a un niño aún por descubrir. También me pregunto hasta dónde va a llegar S. Y cuestiono si por otro camino diferente al de la actividad, el juego, la discontinuidad, el grupo, hubiese sido posible este encuentro que le brinda a S. la posibilidad de situarse de otra forma con su entorno, con el otro. En definitiva, sobre el motivo de los talleres.

En los talleres con los niños más mayores, además de la posición de los profesionales y de su deseo, adquiere relevancia el formato en pequeño grupo; porque es a partir de una primera identificación con los iguales que el niño va adquiriendo confianza y se crea el espacio que posibilita la emergencia de sus particularidades. En los diversos talleres, en el baile entre igualdad-diferencia, aparecen, no sólo plasmadas sus dificultades, sino también sus habilidades. M., 17 años, puede hablar de sus voces y de la angustia que le acompaña, comparte su padecer con sus compañeros, pone en sus propias palabras su malestar. N., 16 años, puede transformar los actos en actividades, en producciones, que le devuelven “la buena mirada” de sus iguales, acotando su impulso agresivo y redefiniendo así una identidad que había quedado confundida con su síntoma. Y A., con casi 18 años, puede descubrir que disfruta con los talleres de pintura, y que con sus creaciones consigue una sensación de bienestar.

Porque lo que en última instancia se persigue en los talleres es justamente eso, el descubrimiento de lo subjetivo. Ya sea para que aparezca un niño replegado en su autismo, o para encontrar un interés, aquello que se le da bien a un niño y que le pueda sostener y suponer una posibilidad en lo social futura, a pesar de su psicosis. O bien para restaurar una imagen de sí mismo dañada en un sujeto y posibilitar el paso de los actos a las palabras. Entrar en juego, tomar la palabra y reinscribirse en lo social.

Y en ese descubrimiento de lo subjetivo merecen una mención especial los talleres de arte.

Porque el arte en sí es un proceso de subjetivación. Una actividad que implica, en primera instancia, querer poner algo de lo propio, darse a ver. Que utiliza un lenguaje diferente a la palabra, incluso cuando se sirve de ella (como en la obra escrita). Y al transitar por un camino diferente al de las palabras y los significados, puede expresar aquello que va más allá de lo que sólo puede ser dicho por unos códigos ya establecidos y que limitan una realidad mucho más compleja. Una pintura puede plasmar la angustia, el horror, tan difíciles de describir. Y a la vez que representa algo, también lo captura, le da una forma.

Se trata de un mensaje estético, de un juego de sensaciones. Que provoca una reacción, en primer término, desde el sentir. Y es desde el sentir desde donde nace. Precisa conectar con la experiencia, con lo íntimo, con lo sensorial. E implica una sorpresa, una invención, que escapa de la lógica, de lo racional, de la intención primera consciente que pretendía el sujeto que se dispuso a crear. Y que, en su propia creación, descubre algo de sí mismo que ha quedado allí capturado, en una imagen. Se construye en su obra, igual que el niño va construyendo su realidad interna y externa a partir del dibujo y de otras creaciones particulares.

Nosotros pretendemos que los niños que vienen a la Casa Azul accedan al lenguaje artístico, como una forma de darse a ver. Y que a partir de nuestra mirada en sus creaciones, reconstruyan ese proceso de subjetivación que se da en todo niño durante los primeros años de vida, y que en su caso no fue posible o quedó quebrado en algún momento.

Utilizamos la expresión artística como un medio privilegiado que posibilita el encuentro entre el niño y nosotros. Y por ello, los talleres de arte ocupan un espacio especial, tanto en su preparación como en las reuniones de equipo en las que se hace, cada día, una puesta en común para cada caso. Pues conseguir que un niño acceda a la expresión artística requiere, en muchos casos, de una invención particular, de un trabajo artístico por parte de los miembros del equipo.

O. (auxiliar de clínica) se dispone a elaborar un taller de arte, individual, con J., un niño de 3 años. Su nivel de vocabulario se limita a pocas palabras, no sostiene la mirada, y es muy sensible al tacto y a las texturas, no le gusta ensuciarse con materiales. Su único interés son los ascensores, el botón del ascensor, la marca del ascensor. También el botón de otros electrodomésticos, como el de la lavadora. Y su estereotipia consiste en un movimiento circular con el dedo, mediante el cual reproduce una y otra vez la forma del botón, a la vez que el centrifugado de la lavadora de su casa. O. acepta eso que J. trae y se las ingenia para que acceda a la expresión artística. Las primeras creaciones de J. las realizó acompañado de O. en el ascensor, en un pacto de subjetividades y los primeros dibujos consistieron en repeticiones de círculos, en las marcas de la electrónica. De esta forma J. pudo sentirse acogido, flexibilizar sus defensas e iniciar un vínculo con O., con la institución, que sirvió de puente para poder instaurarse en otra forma de relación con su entorno. Hoy su nivel de lenguaje hablado le permite la comunicación con los otros, a su manera, y su rango de intereses se ha ampliado. Y sus dibujos son muy elaborados y dan cuenta de su estructuración particular del mundo.

La implicación de los niños en los talleres se realiza a partir de aquello por lo que inicialmente han mostrado interés, desde el respeto por aquello que es importante para ellos y desde el respeto a su síntoma, desde la escucha. Se plantea como actividad lúdica, un espacio de libertad y de disfrute. Porque una vez abierta la brecha, cuando se consigue que conecten con la experiencia de la creación artística, enseguida captan lo que se pone en juego en el arte. De este modo, los más mayores son capaces de verbalizarlo.

En el trabajo con el libro de los colores, A. dice: “La pintura es una forma de expresarte. Me ayuda a imaginar. Lo puedes hacer como quieras. El arte es lo que uno piensa. Para unas personas significa una cosa y para mí otras”, y añade: “el color que más me gusta es el azul. El azul es el color del mar. El mar me da tranquilidad”. M. dice: “Pintar me relaja. Mi color favorito es el negro, porque es el color del universo, el color de la nada. En el universo no hay color”. Ambos eligen utilizar la pintura de manos, mientras que K., con 16 años, prefiere pintar con pincel para representar en su lámina la guerra de los colores. Yo, cuando miro sus producciones, lo diferentes que son, me pregunto ¿cuál es la batalla que estará librando cada uno?, ¿quién es K.?, ¿por qué en su guerra los colores no pueden mezclarse? Y el taller prosigue con las indicaciones de O. para la siguiente lámina “Y el color blanco al aparecer puso orden. Y los colores se fueron calmando, cada uno buscó su lugar”.

El hecho de que en los talleres de arte se dé margen a la expresión y creatividad, no significa que todo vale. Se trata de acotar, de ordenar, de poner límite a lo que se escapa y no ha podido ser tramitado por la palabra. Sin límite, el niño no va a poder regularse ni el lugar constituirse como un espacio de seguridad. Y por eso los talleres siguen una misma estructura, un orden, se rigen por unas normas de la institución, pocas y claras, que aseguran el desarrollo de la actividad y el ir entrando en la ley y el orden social, y el poder situar al profesional como alguien capaz de sostener, siempre regulado.

Y aquí es donde está la dificultad del acompañamiento terapéutico. Los profesionales que dirigen el taller se sirven de la institución, de un objeto, de los materiales y las técnicas para estructurar, pero decidir cuándo intervenir y cuándo permitir es una constante que requiere de un saber hacer interiorizado y espontáneo. Pues el objetivo no es que el niño se divierta ni que aprenda la técnica, sino que los actos tengan efectos terapéuticos. Que se pueda apaciguar el síntoma, el exceso, y concentrarse en el proceso de creación. Me llama la atención cómo se hace el silencio en el taller de técnicas de arte con los medianos mientras pintan, su expresión facial y corporal, sus movimientos con el pincel, la armonía y fluidez en la dinámica. Esta dinámica que queda interrumpida cuando se incorpora S. al taller, niño de 6 años, recién llegado a la Casa Azul, su expansividad le impide limitarse a pintar en la lámina. ¿Qué solución encontrar en el taller para acotar y a la vez permitir?

Porque dibujar en una lámina implica estar ya muy acotado. Y a partir de la actividad artística se pueden trabajar muchos aspectos en los que aparecen dificultades. Se trabaja la imagen corporal, la elaboración de los miedos y los conflictos, el principio de realidad, la discontinuidad y la separación, se empuja hacia la simbolización.

S. pone la marca de la mano con pintura en la pared (Taller arte y guarreo). E., niño de 5 años, inicia la técnica de draping en la que el pincel no debe tocar el papel pero transgrede la técnica para representar el volcán que justo antes en el experimento tanto le había asustado, mientras vocaliza la palabra volcán y nos muestra a los que estamos allí su creación. Por último Y., niño de 11 años, quiere ser el primero en leer al grupo la historia de su dibujo, en la que aparece la muerte, la pérdida, el reencuentro y el amor, representado en el dibujo por corazones.

Y el taller finaliza cuando los niños, después de haber puesto un título a su trabajo, hacen una puesta en común y cada niño muestra su creación al grupo. A partir de su obra interaccionan con sus iguales, que, cuando pueden, hacen algún tipo de devolución. Nosotros hacemos una devolución desde una mirada artística, la que muestra un sujeto que se afirma a sí mismo en la creación de su obra.

Y el paso por la Casa Azul finaliza cuando el niño ha podido establecer o reestablecer el lazo social. Porque cuando entra en el diálogo con el otro se apacigua el síntoma y puede construir algo diferente, encontrar otra solución para poder estar con su familia, sus iguales, en el mundo. Porque la Casa Azul es un hospital diseñado por un equipo de profesionales (auxiliares, administrativo, celador, terapeutas psiquiatras y psicóloga clínica, trabajadora social, maestra, psicomotricista) que con su trabajo clínico logran la estabilización psicopatológica de sus pacientes y el desarrollo de las posibilidades de cada niño, tan lejos como los límites de su patología le permiten.

Mi paso por “La Casa Azul” finaliza esta semana, una experiencia que también ha tenido unos efectos en mí. Y por ello quería dar las gracias a todo el equipo del Hospital de Día Infanto-Juvenil (HDIJ).

Para realizar este trabajo me he basado principalmente en mis observaciones durante la rotación del programa de formación en la especialidad de Psicóloga Clínica en el HDIJ de Las Palmas de Gran Canaria, y en las lecturas de autores que trabajan desde el Psicoanálisis Aplicado y en La Práctica Entre Varios.