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Marcelo Barros. Psicoanalista

“¿Cuál es el momento de la angustia? ¿Es acaso lo posible de ese gesto con el que Edipo se arranca los ojos, los sacrifica, los ofrece en pago por la ceguera con la que se cumplió su destino? ¿Es esto la angustia? ¿Es la posibilidad que tiene el hombre de mutilarse? No, es propiamente lo que me esfuerzo en designarles mediante esta imagen, es la imposible visión que te amenaza, de tus propios ojos por el suelo”(1).

11_hiroshima_1Cuando tuvo lugar el acontecimiento, el 6 de agosto de 1945, Michihiko Hachiya era médico y director del Hospital de Comunicaciones de Hiroshima. En su relato él es un hombre de ciencia que avanza a oscuras, enfrentando en medio de la devastación un mal desconocido del que él mismo es una víctima. Dirige un hospital en ruinas, privado de recursos materiales y simbólicos, resignado a consolar y a no poder curar, recibe diversos testimonios de los sobrevivientes que van llegando. Los testigos que presenciaron desde afuera la explosión de Hiroshima se refieren a ella como el Pikadon (Pika: “resplandor, destello o luz muy viva”. Don: “ruido muy fuerte, estrépito”). La bomba era una novedad, pero evocaba en el imaginario de los sobrevivientes esos dos avatares terribles del deseo del Otro, la mirada y la voz. Entre los testimonios seleccionamos este breve pasaje que muestra, de un modo casi sobrenatural, una manifestación amenazante del objeto mirada.

“Doctor –me preguntó, algo después, ese mismo visitante–, ¿cree que el ojo humano puede ver fuera de su órbita? Pues bien, en la estación vi a un hombre a quien se le había salido un ojo y que lo tenía en la palma de la mano. Lo que me heló la sangre, doctor, fue que ese ojo parecía estar mirándome, la pupila estaba clavada en mí. ¿Le parece que ese ojo podía verme?

Sin saber qué responder, dije:

–¿No recuerda si alcanzó a ver su propia imagen reflejada en la pupila?

–No, no estaba tan cerca.

Afortunadamente, un viejo amigo de Tamashima, el doctor Yasuhara, interrumpió la conversación”(2).

Afortunadamente. Es conmovedor cómo el viejo médico intentó hacer de ese ojo terrible un espejo, algo en lo cual poder volver a encontrar la propia imagen. Más terrible que la bomba es la voluntad de goce de la que ella es portadora, más allá de la estrategia militar y de la visión política del agresor. Hachiya sabe que esa crueldad no es ajena a los vencidos, y acaso sea esa la razón principal de que el sostén de su ética y su tradición sea el único recurso frente al mayor de los horrores: reconocer en esa nueva realidad que enfrenta, en medio de toda esa extrañeza, algo demasiado familiar. El ojo siniestro es un recordatorio de lo que la hybris del siglo XXI no debería olvidar. El mundo ya no es lo que era. Todo cambia, a excepción de lo que importa. La insondable crueldad del prójimo sigue ahí.

Notas

(*) Artículo publicado en la revista digital Virtualia nº 21.

Agradecemos a Virtualia la autorización para su reproducción.

(1) Lacan, J. (2006): El Seminario, Libro 10, La angustia. Buenos Aires. Ed. Paidós, p. 176.

(2) Hachiya, M. (2005): Diario de Hiroshima de un médico japonés –6 de agosto/30 de septiembre de 1945–. Madrid. Turner, p. 114.