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Ruth Graciela Melnistzky. Psicóloga. Docente universitaria. Directora de la revista Diagnosis

 

12_experienciaEn un merendero parroquial que reúne a mujeres en situación de calle, la intervención de dos psicólogas contribuyó a pasar, de una situación caracterizada por la desunión y la mera demanda asistencialista, a la perspectiva de una red en la que estas mujeres —escuchándose, compartiendo relatos, saberes y proyectos— empiezan a ejercer su ciudadanía.

Desde mediados del año 2011 venimos realizando —con la licenciada Virginia Cracco— una experiencia con mujeres en situación de calle en una parroquia ubicada en el barrio de Congreso, un lugar muy céntrico de la ciudad de Buenos Aires.

Fuimos convocadas a partir de un pedido realizado al área de salida a la comunidad de una fundación especializada en salud mental, con la idea de participar quincenalmente en los encuentros espontáneos que se daban en el horario en el que las mujeres concurrían a tomar su merienda. Además de comida, se les proporciona ropa limpia e instalaciones para asearse. La atención de las mujeres, que asisten dos veces por semana, es coordinada por una persona laica y un grupo de voluntarias que las ayudan en la elección de distintas indumentarias y en los turnos para el aseo personal. El objetivo de la organizadora de este espacio “merendero” es convertirlo, en el futuro, en un refugio para mujeres sin techo. El encuentro quincenal que desarrollamos se inició en el marco de una ida y vuelta de mujeres que, instaladas en diferentes mesas, sin intercambio ni diálogo alguno entre ellas, esperaban ser llamadas para elegir ropa y bañarse. Su aspecto personal no es en general desaliñado, muchas de ellas se muestran coquetamente vestidas y distan del estereotipo previsto para las personas que se encuentran en situación de calle.

Sus edades oscilan entre los 18 y los 65 años, aunque unas pocas son mayores. En su mayoría son argentinas, todas desocupadas y algunas tienen a su cargo hijos de corta edad. En ciertos casos reciben pequeños subsidios del gobierno de la ciudad o de la nación.

Muchas de ellas viven directamente en la calle, por ejemplo en la Plaza Congreso; otras, en las antesalas de las guardias de hospitales, donde informalmente se les permite pernoctar. No muchas residen en refugios del Gobierno de la Ciudad, en los que las condiciones están muy alejadas del mínimo grado de respeto por la necesidad del usuario —el horario de ingreso es muy restrictivo, tienen que cambiar de cama cada vez y la falta de espacio genera situaciones violentas—; otras viven en pensiones u hoteles precarios. Unas pocas viven con su familia.

Casi todas, luego de haber tenido una vida de mujer común, han perdido paulatinamente y, por diferentes y múltiples circunstancias, su lazo social. En general tienen estructuras psíquicas lábiles y diversas causas convergieron para que llegaran a esta situación: rupturas de vínculos amorosos donde el sustento económico de la pareja era el hombre, proveedor además de la vivienda; pérdida de trabajo a fines de los noventa, con imposibilidad de afrontar el costo del alquiler o la pensión; alejamiento del trabajo por retiros voluntarios; dificultad para reinsertarse laboralmente por carecer de domicilio comprobable; incapacidad para realizar trabajos en forma autónoma y quebrantamiento de vínculos familiares por consumo y comercialización de drogas. En muchos de estos casos prevalece un sufrimiento psíquico que excede cualquier clasificación de manual y que sólo puede comprenderse desde una mirada abarcadora, atravesada por una serie de determinantes que invitan a pensar cuál es nuestro lugar de intervención dentro del campo de la salud mental.

Con Virginia Cracco nos planteamos abrir un espacio de intercambio entre ellas, en el que la palabra y la escucha comenzaran a circular de modo atento y diferente. Nos encontramos con el caos, el desorden y la demanda de respuestas asistenciales concretas a problemas vitales. Estaba presente, además, la mirada poco amigable de las voluntarias de la institución, quienes, desde un lugar muy diferenciado, no escatimaban comentarios y bullicio. Claro que esto no ayudaba a disminuir el caos y dificultaba la posibilidad de escuchar, en el más literal sentido de la palabra.

Nos afectaban sentimientos de confusión, agobio y exigencia. Nos preguntábamos si, cuando las necesidades básicas no están garantizadas, hay espacio para la circulación de la palabra. Teníamos claro que nuestra intervención no se fundaba en dar una respuesta asistencialista a las demandas, que, por lo demás, no teníamos forma alguna de satisfacer. Las mujeres que se acercaban a nosotras lo hacían con la idea de obtener fórmulas rápidas, certeras, para satisfacer sus requerimientos. Éstos en general se centraban en la necesidad de lograr certificados de discapacidad, conseguir medicación psiquiátrica cuando habían perdido el turno en el centro de salud, buscar la forma de evitar ir a dormir en los refugios; recibir constancias de domicilio estable para conseguir trabajo, en general de empleadas domésticas; lograr discernir si ese hombre que se había acercado a ella la quería en realidad o la tomaba como posible trabajadora sexual.

Nuestra determinación de no desanimarnos frente a la imposibilidad de dar respuesta a la demanda fue el eje conductor de los encuentros. Decidimos insistir, con el supuesto de que el armado de una red, por precaria que fuera, podía reinstalar la representación de lazo, y de que esto en sí mismo generaría efectos en la subjetividad desdibujada de esas mujeres.

En las sucesivas reuniones persistimos en esta dirección. Cada vez, al comienzo, reiterábamos la pregunta: “¿Qué tienen ganas de charlar hoy?”. Al principio algunas se acercaban por curiosidad, permanecían sentadas en silencio o dormitando. Otras escuchaban los pedidos y quejas de sus compañeras, mientras esperaban inquietas a ser llamadas para asearse y elegir ropa. En una de las reuniones, casi por casualidad, una mujer visiblemente afectada de reuma, que dormía con su hijo en el hall de un hospital, comentó que participaba en unos talleres de teatro comunitario; eso le resultaba más divertido que tratar de conseguir subsidios. Entonces, otras participantes hablaron de actividades que venían haciendo en diferentes espacios gratuitos: hacían cursos de pastelería, de armado de juguetes de madera, de costura, de tejido.

Empezar a compartir estos diferentes comentarios dio lugar a inquietudes y saberes diversos, incluido el uso de Internet como medio de búsqueda de información. Después de un tiempo, las voces comenzaron a diferenciarse y una joven propuso hablar sobre lo ocurrido en la semana, como alternativa más atractiva que el reiterado pedido de datos y de formas de conseguir comida o ropa. Poco a poco, la demanda de respuesta concreta fue cediendo lugar a los relatos subjetivos de algunas de ellas. Describían, en general, cómo habían llegado a la situación de calle, algunas por abandono de sus lejanos lugares de origen y por falta de recursos para obtener un trabajo en Buenos Aires. Otras traían recuerdos familiares y relatos de momentos compartidos con sus hijos en la época de la crianza, estudios que habían quedado truncos en alguna provincia o país limítrofe, habilidades de vieja data, por ejemplo la costura, y otras aprendidas en nuevos cursos. En muchos casos se exaltaba la relación con algún familiar cercano, a modo de anclaje más normal en la cotidianidad.

Así, el ruido generado por la urgencia individual fue dando paso al silencio. El murmullo constante, ante la espera ansiosa para elegir ropa y la pelea por el turno del aseo personal, permanecía latente, pero no impedía escuchar con alguna curiosidad el relato de la compañera casual de merendero, saber quién era esa otra.

Una de ellas tenía un aspecto muy diferente al del resto: una especie de alto perfil oligárquico. Su historia de vida era desconocida y ella hacía todo lo posible por diferenciarse y descalificar al resto, aunque terminaba esperando su turno de aseo con tanta desesperación como la más desaliñada. Otras participantes empezaron a contestarle: toda esa experiencia de vida, ¿por qué no la usaba para buscar trabajo? Otra era una anciana que, cuando murieron su marido y su hijo, abandonó su casa y dormía en las plazas. Las compañeras fueron acercándole opiniones y sugerencias: “Vos no tenés experiencia en calle, te van a pasar por arriba”. Sobre la base de sus propias experiencias de vida, le hacían recomendaciones centradas en el autocuidado, en los riesgos de transitar la calle si se carece de camino recorrido en ella. Rápidamente le aportaban información sobre lugares, ligados a espacios religiosos, que acogen gerontes para pernoctar. Finalmente, dos compañeras quedaron encargadas de garantizarle un lugar donde dormir.

Los relatos plasmaban la singularidad de cada una, su lugar como sujeto, su recorrido de vida; ninguna de ellas había nacido en la calle. Fueron apareciendo proyectos de vida, no como representaciones de ilusión, sino como posibilidades de abordar pequeños emprendimientos al recobrar viejos conocimientos; historias de trabajos familiares realizados por generaciones anteriores, u otros aprendidos en nuevos cursos, que les permitieran acceder al alquiler de una pensión, un espacio donde la cama y las sábanas fueran las mismas todos los días, donde poder colgar sus objetos, donde algo de su identidad estuviera plasmada. Dos integrantes del grupo relataron detalladamente la venta informal de almohadones que, como “manteras” (son puestos de venta ilegales ubicados en espacios públicos, que se levantan fácilmente cuando llega la policía porque la mercadería es exhibida sobre mantas, de aquí su denominación), realizaban en alguna plaza de la ciudad. Esta actividad les permitía algún ahorro para reinvertir en materiales.

Este cambio de posición de las participantes modificó la distribución espacial durante las reuniones: las voluntarias fueron mezclándose en la rueda, se dejó un poco de lado la diferencia entre las unas y las otras, las que piden y las que, caritativamente, dan. La palabra comenzó a circular y la escucha se volvió fructífera.

Nuestro rol es fundamentalmente el de coordinación. Favorecemos la circulación de las distintas voces; durante el encuentro hacemos pequeñas intervenciones y, al final de cada encuentro, intervenimos haciendo una síntesis y destacando temas pendientes para próximos encuentros.

Cerramos la actividad del año con el armado de una guía de recursos para cubrir necesidades básicas: alimentación, sitios donde dormir, médicos, remedios; y no tan básicas como peluquería, manicura y otras. Todos los datos para esta guía fueron suministrados por las participantes. Y, a modo de rompecabezas, esto fue dando respuesta, desde ellas mismas, a sus demandas del inicio. Sabían mucho más de lo que cada una suponía. El dicho de la compañera de mesa pasó a ser significativo a la hora de pensar en recursos: algo del lazo comenzó a gestarse, algo de lo perdido se fue recuperando.

Gradualmente, las integrantes dejaron de ser objetos de asistencia para ser sujetos activos de participación. La queja y la necesidad dejaron de ocupar el centro de la escena y surgió el relato, como forma de plasmar las distintas historias individuales. Aparecieron anécdotas y recorridos de vida en los que se recuperan aspectos subjetivos enterrados o postergados.

Para el presente año, las organizadoras del merendero plantean hacer una feria donde puedan venderse las diferentes producciones confeccionadas por las asistentes. Probablemente nuestro lugar de intervención sea acompañarlas en este proceso, participando en la medida en que lo demanden.

Ciudadanía en red

En esta intervención comunitaria —caracterizada por encuentros unitarios, en los que algunas participantes son estables— intentamos diseñar y desarrollar acciones centradas en un modelo participativo: sosteniendo que toda acción será más eficaz cuanto más se involucre a todos los actores que participan en el escenario que se va a abordar. De esta forma de accionar se desprende la posibilidad de comprender la especificidad del despliegue subjetivo. Podemos pensar entonces la subjetividad como singular y emergente de las tramas vinculares que la trascienden. El problema se complica cuando esos vínculos no se han podido formar o han devenido deficitarios o inexistentes, ya que los lugares donde la palabra podía ser escuchada, donde la singularidad del sujeto podía surgir, han ido desapareciendo o perdiendo sentido y han sido ocupados por la espera pasiva de la dádiva y la asistencia, que inevitablemente conlleva la desubjetivación y la anomia.

Siguiendo a Silvia Bleichmar, pensamos que la producción de subjetividad determina el modo en que las sociedades determinan las formas con las cuales se constituyen sujetos capaces de integrarse a sistemas que les otorgan un lugar. Por lo tanto, está determinada por el entrecruzamiento de un conjunto de elementos que van a producir un sujeto histórico, potable socialmente. Es entonces el concepto de red el que da cuenta del intercambio dinámico entre las personas, como un medio de involucrar a sujetos con las mismas necesidades o problemáticas, que buscan formas de agruparse para potenciar sus recursos, rescatando experiencias y resignificándolas a partir de nuevas identificaciones e intercambios con los otros.

De acuerdo con Hannah Arendt, podemos decir “que la ciudadanía es la existencia política y consiste en la presencia en el espacio público, o en el aparecer y hacerse visible a la luz pública mediante el uso de la palabra. El discurso público y la acción en conjunto de los ciudadanos dan origen a lo político. Entendemos lo público no como propiedad de instituciones u organizaciones formales, sino como una red de circulación de opiniones de amplio horizonte, que tienen como base el intercambio, la confrontación y la alianza, a veces momentánea”.

Pensamos que las diferentes formas de acercarnos e intervenir en una comunidad dependen fundamentalmente del lugar desde donde miramos los acontecimientos. Una mirada externa, importadora de rápidas recetas de acción preformadas y enlatadas, seguramente opera en forma inmediata pero, sin lugar a duda alguna, no perdura en el tiempo. Si la palabra de los sujetos que son objeto de nuestra atención no es escuchada, se pierde y se diluye. En cambio, en tanto nos corremos del lugar de la rápida acción normativa y hacemos circular la palabra como herramienta princeps de nuestro trabajo en salud mental, facilitamos la apropiación de conocimientos y la generación de recursos. Se pone en marcha, así, un sistema de retroalimentación creativa que reactiva las potencialidades y otorga sentido, de pleno derecho, a las necesidades del sujeto.

Bibliografía

Arednt, Hanna (1993): La Condición Humana. Barcelona. Ed. Paidós.

Bleichmar, Silvia (2009): La subjetividad en riesgo. Buenos Aires. Editorial Topia.

Pagot, Angela; Rojas Couto, Berenice (2009): “Una propuesta terapéutica en la atención de sujetos ‘locos’ que viven en la calle”. Revista Diagnosis. Vol. 6. Buenos Aires.