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José Miguel Leo. Miembro del Grup de Recerca en Educació Social (GRES), Educador en el CEE Balmes 1 (Institució Balmes SCCL)

Los primeros encuentros con la psicosis se producen ya en las primeras experiencias laborales, educativas (comedores escolares, esplais, centres oberts, CRAES) en una época en la que todavía no podía nombrar ni psicosis, ni educación social, pero pensaba que sabía perfectamente de qué iba esto de educar (pecados de juventud). Un educador en sus diferentes periplos institucionales se encuentra con individuos que usan, viven, responden y habitan de forma inusual las instituciones. Este hecho produce inquietud y desconcierto en los profesionales, así como en los distintos contextos sociales transitados por dichos individuos. Son encuentros y experiencias ante los que uno no permanece impasible, operan cambios, aportaciones en las operatorias de subjetivación del educador y remueven el utillaje-aparataje pedagógico. Estos cruces inciden, modifican la subjetividad y el pensamiento del educador; de igual manera nuestros saberes técnicos son sacudidos y puestos en jaque.

11_el_encuentro_1Trabajando en la Residència Infantil Norai (CRAE, gestionado por IRES) inicio un particular trabajo-proceso de “investigación”(1) que continúo en mi labor actual en la Institución Balmes SCCL, también colaborando en l’Aula de Trobada de la F9B, en torno al trabajo educativo con individuos diagnosticados en la órbita de la psicosis y el TMG, y también en relación con individuos no diagnosticados pero que parecían compartir con los primeros una cierta forma de estar en el mundo.

Las premisas de las que parte este proceso de búsqueda son:

• Locura y cordura como opuestos.

• El educador pertenece al mundo de los cuerdos.

A partir de la primera premisa inicio una especie de tarea dialéctica de oposición entre cordura y locura, un proceso que intente situar lo que, por un lado, tiene que ver con la cordura y, por otro, lo que relacionamos con la locura. En los momentos inaugurales miedo y extrañeza están muy presentes, mi posición como educador está marcada por dichas coordenadas; de hecho miedo y extrañeza funcionan casi como un motor, un impulso para saber más. Un movimiento poco dirigido, sin tener muy claro lo que necesitaba saber, pero convencido de que necesitaba conocer más.

La segunda premisa me permite alienarme con júbilo en esa realidad ficticia de la normalidad, de los normales. En un esfuerzo por localizarme dentro de un grupo mayor de individuos a los que nos ocurren cosas normales, con nuestras normales manías, nuestras normales particularidades y, por supuesto, nuestras normales formas de estar en el mundo.

Como educador normal, y por lo tanto cuerdo, me dispongo a observar a los diferentes, raros, excéntricos individuos que muestran actitudes, conductas, sensaciones e ideas todas ellas raras, poco razonables. En el trabajo y la relación educativa detecto que la psicosis puede llegar a suponer muchas dificultades y malestar para los individuos, dificultades que pueden afectar las diferentes vías de socialización, el compartir espacio con otros, el uso del lenguaje, el manejo de las emociones… O en algunos casos tienen una relación diferente con el cuerpo, con las normas, con las dimensiones espacio-tiempo. Estos problemas y particularidades van fraguándose y apareciendo en el acto educativo y se manifiestan de manera singular en cada sujeto. Todos estos fenómenos no se dan en un solo individuo y, a la vez, van apareciendo (si lo hacen) de manera singular y única en la relación socioeducativa.

En este primer paso se pone de manifiesto la siguiente dificultad, interrogante, ¿cómo podemos ofrecer desde la educación el lugar del sujeto de la educación a un individuo afectado por psicosis? Por lo tanto, la primera respuesta que construyo ante la dificultad está marcada por el rechazo a lo desconocido, a lo incomprensible: estos individuos diagnosticados deben ser atendidos en recursos especializados, deben acompañarlos profesionales formados específicamente para ello; recuerden que yo soy un educador normal con unos estudios normales y que no puedo manejar ni comprender tanta singularidad. No podía más que rechazar a los diferentes, a pesar del malestar y la impotencia que esta situación me generaba, ¿por qué razón no podía generar propuestas de trabajos para algunos individuos cuando las generaba para todos?, ¿cuándo se había reducido la palabra todos?, ¿cuándo la palabra todos se convirtió en todos los normales?

En los primeros tiempos, encuentros con la psicosis. A veces aparece el rechazo de equipos y educadores a ciertos sujetos, invirtiendo más tiempo en pensar cómo construir una estrategia para expulsar que en diseñar una propuesta socioeducativa que contemple y acoja algo de lo singular del sujeto, de manera que su singularidad acceda y consienta la oferta educativa. Por supuesto que algunas derivaciones son necesarias, este hecho no debe ocultar ni opacar la tentación de derivar, así como el impulso a rechazar lo extraño, lo diferente. En las instituciones los equipos de profesionales necesitan trabajar y reflexionar sobre las dimensiones teóricas, técnicas y éticas de su tarea, para así superar el sociototalitarismo de la normalidad, de lo normal.

El día a día de las instituciones socioeducativas se encuentra condicionado por las limitaciones de los propios circuitos socioeducativos y sociosanitarios, con frecuencia no hay posibilidad de derivar. Uno es el educador y ésa es la institución, no hay otro lugar al que señalar, pero esto no ocurre sin más, se necesita un posicionamiento, una toma de posición del educador para acoger y acompañar, aceptar la responsabilidad que supone ofertarle a un individuo el lugar de sujeto de la educación.

Avanzando en el proceso de búsqueda constato que en el inicio había situado el conflicto en el exterior de mi persona y de la normalidad a la que pertenezco. Suponiendo mi aparente cordura me centré en observar lo que le sucedía a ese otro diferente y extraño, evaluando sus conductas con lógicas de educador normal (alienado en el sociototalitarismo de lo normal), guiado por el sentido común, ese mecanismo economicista, simplificador, tan peligroso en las prácticas socioeducativas. Pero el afán clasificatorio, taxonómico, no me permitía prácticamente encontrar estrategias, construir ofertas, ni yo entendía, ni creo que le aportara nada a los individuos. ¿Cómo continuar?

En mis indagaciones ya había apuntado al otro. Observando al otro ahora me tocaba revisar, analizar mis ideas, mis percepciones, mis vivencias ante y con la psicosis. En mis primeros encuentros el miedo y la rabia estaban muy presentes, acompañados de un halo de curiosidad, miedo a las reacciones, a lo que podía desencadenar cualquier movimiento o aproximación. La psicosis altera la mirada del educador, lo habitual pasa a ser extraordinario, las acciones del sujeto resultan un misterio. Opera de otra forma el miedo a que un individuo dañe a otros o a sí mismo, que es lo que suele ocurrir; sin embargo, en cualquiera de los dos casos se acaba reforzado el estigma social del individuo.

La impotencia abre la puerta a la rabia, rabia por el fracaso de las estrategias socioeducativas, por los saberes profesionales dinamitados, por el ego cercenado, por las horas de reunión con el equipo; la psicosis tensiona y pone a prueba todo aquello construido de manera tradicional para sostener el trabajo educativo.

Emerge la imposibilidad en el desencuentro con sujetos que no aceptan las propuestas, los llamados casos imposibles. En este punto, a veces el profesional desplaza la responsabilidad al otro. Cuando un educador piensa que, a pesar de dedicar todos sus esfuerzos, las cosas no salen bien, el sujeto se convierte en un espejo que muestra la impotencia que sentimos al no poder hacer nuestro trabajo.

Sin embargo también aparecen nuevas fisuras, otras grietas que en mi caso dejaron al descubierto el miedo a volverme loco. Encuentros que amenazaban mi evidente cordura, así como la pertenencia a los normales. La curiosidad hasta ahora tan difusa empezaba a tomar cuerpo a través de las preguntas: ¿en realidad las cosas que me ocurren a mí son tan normales, tan compartidas?; a mí también me ocurren cosas que ya empiezo a pensar que no son tan normales. Cada vez más, la línea que separaba la locura de la cordura era más evanescente.

Sigo avanzando en el proceso de búsqueda, guiado por la curiosidad. ¿De qué manera trabajar con sujetos que tan a menudo se nos presentan como imposibles? Hasta ahora he podido abordar la observación del individuo afectado por la psicosis, sus reacciones, sus no reacciones ante la oferta e, incluso, parte de las mías, pero siempre desde mi posición como educador, resguardado entre los saberes académicos, entre mis particulares recorridos; pero la curiosidad me indica que necesito traspasar lo aprendido, trascender lo normal. Las dificultades para conectar, para generar vínculos están conectadas a mí, a mi posición como educador. ¿Cómo generar espacios institucionales que puedan alojar la singularidad? No hablo de la particularidad de cada uno sino de aquello que es singular y constitutivo de cada sujeto, por extraño que nos resulte, de la potencialidad de mantener una postura ética, una posición como educadores que posibilite la oportunidad (inclusiva) de tratar a un individuo afectado por psicosis como a cualquiera, como a un otro cualquiera; como ha escrito Skliar: “La idea de disponibilidad y responsabilidad es una idea claramente ética, claro está, estoy disponible para recibir a quien sea, a cualquiera, a todos, a cada uno. ¿Cuál es, entonces, el problema? ¿Por qué, como docentes, no se puede ser responsable y estar disponible a que alguien, independientemente de su lengua, de su raza, de su religión, de su cuerpo esté aquí?”(2).

Esta cita me desvela la necesidad de un cambio de posición para poder admitir otras subjetividades, formas distintas de estar y habitar el mundo, pero a la par retomar la oferta socioeducativa de otra manera. Cómo contemplar la transmisión de contenidos, de qué manera median los contenidos entre los sujetos y el educador. En entornos en los que la singularidad emerge con tanta fuerza se impone trabajar e inventar en y desde la situación, las situaciones. El trabajo pasa por generar nuevos caminos y propuestas atendiendo a la singularidad, acogiéndola, ofreciéndoles un sustrato y/o formas de producción.

En realidad el final de este escrito es el inicio de la tarea, problematizar el trabajo socioeducativo para crear nuevas maneras de operar con los contenidos y las metodologías. Generar nuevas vías en las que el trabajo socioeducativo pasa por trabajar y hacer con la psicosis y no por hacerla desaparecer.

Notas

(*) Texto presentado en la X Jornada de Debat “Salut Mental i Educació” de la F9B, el 26 de noviembre del 2010.

(1) Entrecomillo “investigación” para aclarar que no estoy apuntando a un proceso metodológico/estadístico de carácter científico. En este texto la palabra investigación remite al proceso particular que he ido realizando para construir una posición como educador.

(2) Skliar, C., en la Conferencia “De la razón jurídica a la pasión ética. A propósito del informe mundial sobre el derecho a la educación de personas con discapacidad”. http://www.institutosadop.edu.ar/file.php/1/moddata/forum/1/837/Ponencia_de_Carlos_Skliar.pdf [Consultado el día 15 de enero de 2011.]