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Alicia Calderón de la Barca. Psicoanalista

 

Desde su irrupción en el mundo analítico, Melanie Klein despertó pasiones, críticas y controversias que no cesaron de acompañar su pen­samiento hasta el final.

Inspirada en la obra de Sigmund Freud y en su inquebrantable fe en el valor del psicoanálisis, cuya fuerza liberadora había probado en sí misma, mostró “su genio” en la exploración de los fantasmas infantiles. Años después produjo una original formulación del psicoanálisis de niños, con una elaboración propia sobre la técnica analítica del juego.

11_construccion_1También fue una innovadora en el psicoanálisis al apuntar hacia la función maternal como elemento nuclear en la constitución de la vida psíquica del sujeto. Ella hizo de esa función el elemento fundamental en relación al cual surgen las ansiedades más tempranas. De Melanie Klein se ha dicho que fue la primera en dirigir la mirada hacia el matricidio.

Su obra introduce de modo directo a un mundo imaginario infan­til que sólo había sido reconstruido a partir del psicoanálisis de adultos; un rico “catálogo de fantasmas” de los primeros meses de la vida, época que Freud había evocado como “una era oscura y llena de sombras”. Hay que señalar que aunque Freud tuvo en cuenta a Melanie Klein, como se puede comprobar en artículos y cartas, nunca aceptó sus arries­gadas formulaciones. Esto constituyó una amargura para Klein, aunque no un obstáculo para que llegara a ser la primera psicoanalista no ingle­sa que se convirtió en miembro de la Sociedad Británica de Psicoanáli­sis. Logró allí un lugar preponderante y su dominio e influencia llegó hasta Uruguay y Argentina.

¿Cuáles fueron las circunstancias de la vida de esta intensa mujer que la llevaron a su encuentro con el Psicoanálisis y a su particular pensamiento? Melanie Reizes nació en Viena el 30 de marzo de 1882; era la menor de cuatro hermanos en una familia de clase media que estaba pasando dificultades económicas. Su padre, un maduro médico judío admirado por su sabiduría, aunque no lograba alcanzar éxito profesio­nal; su madre, una joven y enérgica mujer que, para ayudarlo, se vio obligada a abrir un comercio hasta que la situación económica cambió. Sin embargo, la buena fortuna de la familia duró poco y al fin fue ex­clusivamente la madre quién asumió la responsabilidad de sostener la situación familiar. La muerte del padre, cuando Melanie tenía diecisiete, su ambicioso proyecto de estudiar medicina y especializarse en psiquiatría quedó desvirtuado por su compromiso y posterior boda con Arthur Klein, joven ingeniero químico, primo segundo de la ma­dre. Durante toda su vida Melanie cargaría con la idea culpabilizante de que su casamiento había precipitado la extraña muerte de su hermano Emanuel, a los veinticinco años, y a quien en su Autobiografía, escrita hacia el final de su vida, describe como “el mejor amigo que jamás he tenido”. Ese hermano, compañero ideal y sustituto del padre, nunca pudo llegar a ser reemplazado en su vida.

Su matrimonio en el que concibió tres hijos, no fue un camino fácil. Hay constancia, por cartas y otros documentos, de que, tanto du­rante su estancia en Viena como en la posterior mudanza de la familia Klein a Budapest, pasaba por largas épocas con profundas depresiones, en especial durante las prolongadas visitas de su madre. Los tratamien­tos e internamientos a los que se sometió no resultaron efectivos. Esta situación se complica después de la muerte de la madre, en 1914. Ese será un año crucial en la vida de Melanie Klein, no sólo por lo que significó ese fallecimiento para ella, sino porque, ese mismo año, entra en contacto con la obra de Freud e inicia su psicoanálisis con Sandor Ferenczi, “el psicoanalista húngaro más sobresaliente”, como dice en su Autobiografía.

Es interesante consignar que esta mujer, sin estudios universitarios pero de una vivaz inteligencia, sintió siempre interés por los grupos intelectuales avanzados, que frecuentaba en Viena con su hermano Emanuel y cuyos ídolos eran Nietzsche, Schnitzler y Karl Kraus. En Budapest se interesó por un grupo apasionado de pensadores receptivos al psicoanálisis. Por ellos supo de Ferenczi, calificado a veces por Freud como “su querido hijo”, promotor en el Congreso de 1910 de una asociación internacional con centros en Londres, Viena, Budapest y Berlín, y que en 1913 ya había fundado la Sociedad Psicoanalítica Húngara. Ernest Jones, fundador de la Sociedad Psicoanalítica Británica, quien años después invitaría a Melanie Klein a residir en Londres, ha­bía estado en esos mismos años en Budapest analizándose también con Ferenczi.

En el Congreso de 1918, en Budapest, Klein escucha por primera vez a Freud en la lectura de un trabajo: “Recuerdo nítidamente lo impresionada que estaba yo y cómo esa impresión fortaleció mi deseo de consa­grarme al psicoanálisis”, escribió. Ferenczi fue elegido presidente de la Sociedad Psicoanalítica Internacional y al mes siguiente los estudiantes pidieron al rector de la Universidad que lo invitara a impartir un curso de psicoanálisis. No en vano Freud había definido a Budapest como centro del movimiento psicoanalítico. Durante ese periodo de esplendor del psicoanálisis en Budapest, en 1919, cuando hicieron miembro de la Sociedad Húngara de Psicoanálisis a Melanie Klein; consiguió dicha condición tras presentar un trabajo sobre la observación de un niño. En realidad no era el relato de un caso analítico, sino más bien una re­flexión, bastante ingenua, que mostraba al psicoanálisis como una panacea educativa. Se llamó “La novela familiar en status nascendi”. Una de sus biógrafas, Phyllis Grosskurth, comenta acertadamente la atmósfera permisiva que allí debía imperar, ya que Melitta, la hija mayor de Klein, que contaba por entonces quince años, consiguió asistir a las reu­niones. No era permisivo, en cambio, su marido, Arthur Klein, quien desde el comienzo fue muy crítico con respecto al psicoanálisis y la ac­titud de su esposa.

El futuro profesional de Melanie parecía asegurado con los apo­yos conseguidos, cuando todo se alteró inesperadamente. Después de la derrota del Imperio austrohúngaro se produjo un cambio político en Budapest y eso dio lugar a un estado de cosas que afectó a la situación familiar. Los Klein emigraron a Eslovaquia, donde vivían los padres de Arthur, aunque él enseguida se fue a trabajar a Suecia. En realidad, fueron los preliminares de la separación; el divorcio se haría efectivo años des­pués. También se distanció de Ferenczi; aunque mucho tiempo después en su Autobiografía agradeció a su primer análisis el posibilitar que se con­solidara su convicción en la existencia e importancia del inconsciente en la vida psíquica. También durante el análisis, Ferenczi señaló el interés que ella tenía por los niños y su facultad para comprenderlos, lo cual la alentó en su idea de dedicarse al psicoanálisis infantil.

Es indudable, también, la profunda influencia que en la articulación de su pensamiento posterior tuvo un artículo de 1913 de su analista. En dicho artículo, él sostiene que el sentido de la realidad se adquiere en la infancia mediante la frustración de los deseos omnipotentes. Ferenczi llama “estadio de proyección y de introyección” a los de omnipotencia y realidad. Toda esta terminología fue posteriormente adoptada por M. Klein, aunque la modificó y elaboró de otro modo.

Al malograrse el movimiento psicoanalítico húngaro por el antisemitismo, el futuro profesional de Klein se oscureció. Varios analistas emigraron a Berlín. Ella, que siempre admitió ser ambiciosa, también viajó allí con el menor de sus hijos, Erich, a principios de 1921, con el objeto de establecerse e integrarse en la comunidad psicoanalítica ber­linesa; al mismo tiempo, su hija Melitta comienza a estudiar medicina en la Universidad de Berlín.

11_construccion_2Para hacerse reconocer por esa comunidad analítica, Melanie debía hacerse un nombre mediante publicaciones. Fue ésta la razón, probable­mente, que la movió a analizar formalmente a Erich, su hijo menor –no había otros candidatos posibles– y a publicar sus resultados enmas­carando la identidad del niño con el nombre de “Fritz”, hijo de unos co­nocidos cuya madre había seguido sus instrucciones, según se ha sabi­do por una carta remitida por Klein a Ferenczi en diciembre de 1920. Es preciso aclarar que antes de mudarse a Berlín, Klein había asistido al Congreso de La Haya, donde consiguió que Ferenczi la presentara a Karl Abraham; éste, el primer médico alemán con experiencia psicoa­nalítica y fundador del Instituto Psicoanalítico de Berlín, se convertiría luego en Presidente de la Internacional. También fue en ese Congreso donde conoció a la por entonces especialista en análisis infantil, la doc­tora Hug-Hellmuth, a la que Klein, siempre interesada en destacar, in­tenta comprometer en una discusión pública, aunque, según su biógra­fa Grosskurth, su intervención fue acogida con indiferencia.

En Berlín, entra en análisis con Abraham, que reemplaza a Ferenc­zi en su papel de mentor. En ese momento ella tenía 38 años y su po­tencial creativo iba liberándose de sujeciones, aunque debió afrontar obstáculos en cada uno de los pasos que daba porque había muchas di­ferencias teóricas con los colegas de Berlín. Fundamentalmente, éstos no creían conveniente penetrar con tanta profundidad en el incons­ciente de un niño. Por eso, aunque protegida por Abraham, nunca es­tuvo cómoda en Berlín, a pesar de que poco a poco fue consiguiendo que algunos de sus colegas le derivaran niños en “tratamiento preventivo”. Algunos de ellos, a sus propios hijos. Los casos que analizó en Berlín apa­recen descritos en El psicoanálisis de niños.

A partir del relato del análisis de un niño que sufría un tic nervioso, Félix, se puede observar cómo Klein se asentaba cada vez más en las consideraciones teóricas de Abraham y no en las de Ferenczi, al tiempo que iba perfeccionando su técnica y desarrollando sus conceptos. Sus elaboraciones de la época se consideraban paralelas a las de Freud y Abraham: depresión, ansiedad, culpa y la naturaleza compulsiva de la fantasía, fueron los temas a los que se dirigió, fundamentándose en el nuevo camino abierto en el psicoanálisis, a partir de 1920, por el artículo de Freud “Más allá del principio del placer”. Klein aceptó plenamente el desafío planteado por Freud en ese trabajo, aunque elaboró por entero sus implicaciones después de su llegada al Reino Unido. Karl Abraham le enseñó a redactar los casos y le proporcionó un enfoque y un marco teórico muy distinto del que había recibido de Ferenczi, que no analizaba la transferencia negativa. A diferencia de Fe­renczi, Abraham establecía una tajante diferencia entre el psicoanáli­sis didáctico y el que no lo era; fue un clínico sereno y distante. Los tra­bajos más tempranos de Klein reflejan la tensión entre sus divididas lealtades. Fue en los años de Berlín cuando ella –aunque aún se adhería a la idea freudiana de que el complejo de Edipo culmina durante el cuarto o quinto año de vida y que el superyó emerge como su consecuencia­– comenzó a suponer, a partir del trabajo con niños de corta edad, un su­peryó infantil mucho más destructivo y demoledor que el punitivo con el que se enfrenta un adulto. Con esos pequeños pacientes fue elaborando poco a poco una téc­nica que partía de situaciones específicas. Llegó a darse cuenta, por ejemplo, en una niña, Rita, de hasta qué punto ciertos elementos como el agua, el papel y el dibujo podrían resultar reveladores de la expresión simbólica de la ansiedad temprana. La niña no había manifestado nin­gún interés por el dibujo, pero cuando Klein, en uno de sus momentos de intuición clínica –sin duda su virtud más destacada– le llevó algu­nos juguetes de sus propios hijos –coches, figuritas, cubos, un tren–, la niña comenzó inmediatamente a jugar, y, a partir de las “catástrofes” a las que sometía a los cochecitos, Klein interpretó que había habido al­gún tipo de actividad sexual con otro niño. Rita se alarmó, pero luego se apaciguó por completo. Esto persuadió a Klein de que era preciso disponer de pequeños juguetes, no mecánicos, que variasen sólo en co­lor y tamaño y en los que la figura humana no representase ninguna pro­fesión determinada para permitir una mayor disponibilidad en la “per­sonificación”.

Durante sus primeros años en Berlín no perdió oportunidad de hacer notar su presencia. Presentó trabajos en relación con su investiga­ción, algunos de los cuales nunca fueron publicados. Hay que subrayar que la mayoría de los casos presentados en El psicoanálisis de niños (1932) se redactaron algunos años después, a la luz del desarrollo pos­terior de sus teorías. Con esos primeros pacientes hizo también otros descubrimientos importantes. Descubrió, por ejemplo, que una niña, Trude, al destrozar y ensuciar trozos de papel recreaba temores por ataques fantaseados de naturaleza sádica anal y uterina. Éstas fueron observaciones que confirmaron las conclusiones de Abraham en su ar­tículo “Breve historia del desarrollo de la libido a la luz de las perturbacio­nes mentales” (1924), sobre la naturaleza del sadismo. En febrero de 1923, Klein fue nombrada miembro de pleno derecho de la Sociedad de Berlín y ese mismo año se publicó por primera vez su artículo “El desarrollo de un niño” en el lnternational Journal of Psychoanalysis, importante publicación dirigida por Ernest Jones. Aunque también entre 1923 y 1924 pasó Klein por momentos muy críticos. Su marido regresa desde Suecia y comienza una larga y difícil contienda por la cus­todia de uno de los hijos, Hans. El marido la acusa de haberse in­terpuesto entre su hijo y él con sus investigaciones psicoanalíticas y de haber usado a sus hijos como conejillos de Indias. Es indudable que Abraham ayudó a Klein a superar ese problemático periodo de su vida; las numerosas actividades que llevó a cabo en 1924 muestran su capa­cidad de recuperación. Ése fue su annus mirabilis.

En diciembre de 1925 muere Abraham y, según ha comentado Nelly Wollfheirri, una terapeuta de niños que fue secretaria de Klein durante más de dos años, sus detractores la atacaron mucho más abier­tamente; las discusiones, tanto en sus conferencias como en las reunio­nes de miembros, eran mucho más exaltadas y violentas. Se notaba la ausencia de la diplomacia que imponía Abraham en la coordinación de las discusiones. Algunos miembros del grupo de Berlín, como Otto Fenichel, Franz Alexander e incluso Sándor Radó, que también había emigrado desde Hungría, siempre la consideraron una intrusa. Era el año 1926, había llegado el momento de dejar Berlín y aceptar la invitación que Ernest Jones le había hecho el año anterior para establecerse en Londres. Se programó otra serie de conferencias, ya que un nu­meroso grupo de mujeres analistas, entre las que se encontraban Susan Isaacs, Joan Riviere y Ella Sharpe, se habían entusiasmado con los in­formes que les había enviado Alix Strachey, cuando asistía en Berlín a cursos y conferencias de Klein. Además, ya en 1920, Jones había pe­dido a los miembros de la Sociedad Británica que abordaran temas y discusiones sobre el análisis infantil; había comenzado a pensar que Londres podía ser un centro precursor del psicoanálisis de niños. Es de destacar que la invitación de Jones fue también un acto político cuyas repercusiones se pusieron de manifiesto al año siguiente, con la publi­cación del libro de Anna Freud sobre la técnica del psicoanálisis de ni­ños; en él dirige un ataque frontal a Melanie Klein. Anna Freud con­cibe de modo diferente el análisis infantil, que ve con un carácter más educativo; considera que el analista no es una pantalla sobre la cual ins­cribir fantasmas sino alguien que comunica un código de conducta. Tampoco acepta la interpretación simbólica del juego del niño, ya que considera que podría estar determinado por sucesos reales de la vida cotidiana. Otra cuestión que sostenía era que el niño, al no poder realizar la libre asociación, hace imposible llegar al inconsciente. El libro era ciertamente provocativo, y Klein pide a Jones una oportunidad para contestar el ataque; Jones organiza entonces un Simposium sobre psico­análisis infantil entre los miembros de la Sociedad Británica.

La década que va de 1928 a 1939 fue muy productiva, con una po­sición fortalecida y apoyada por gran parte de los miembros de la So­ciedad Británica. Aunque también en esa década, en 1934, muere su segundo hijo Hans en un extraño accidente, al caer por un precipicio. Melitta que ya había sido aceptada como miembro de la Sociedad Bri­tánica, y en análisis con E. Glove, que la apoya, comienza una campa­ña pública contra su madre por lo que considera el “suicidio” de su hermano, mostrando lo profundo de su rencor; su otro hermano, Erich, rechazaba esa interpretación de Melitta de forma radical. Los grandes trabajos de Klein escritos durante esos años: “Contribución a la psicogénesis de los estados maniaco-depresivos” (1935) y “El duelo y su relación con los estados maniaco-depresivos” (1940) surgieron de su propio sufrimiento personal.

El Reino Unido declara la guerra a Alemania en septiembre de 1939, Freud muere en ese mismo mes, el día 23. Entre 1941 y 1945, en plena guerra, en la Sociedad Psicoanalítica Británica se produce uno de los más apasionantes debates de la historia del psicoanálisis. La “controversia Freud-Klein”, cuyo resultado final fue una fundamentación institucional que regiría la formación del analista y la coexistencia de más de una escuela teórica dentro de la misma institución. Una de ellas sería la “camarilla kleiniana”. En los años que siguieron a la posguerra, Klein se preocupó cada vez más de rodearse de un círculo de seguidores leales, entre los que destaca su sucesora, Hanna Segal. Durante esos años se publicaron Desarrollos en psicoanálisis, Contribuciones al psi­coanálisis, Nuevas direcciones en psicoanálisis y Envidia y gratitud. La primera edición sudamericana en castellano llevaba un prefacio especial de Klein.

Melanie Klein murió en Londres el 22 de septiembre de 1960.

Nota

(*) Este texto es parte de la Introducción a las Obras Completas de Melanie Klein, publicada por la Editorial RBA. Agradecemos a esta editorial su autorización para reproducirlo.