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Jean-Claude Maleval. Psicoanalista. Miembro de la École de la Cause Freudienne. Profesor de psicología clínica en la Universidad Rennes 2

Interrogado imprevistamente acerca del autismo, en una discusión que sigue a la Conferencia de Ginebra concerniente al síntoma, Lacan parece buscar la especificidad en un disfuncionamiento de la pulsión invocante. Considera que el término mismo de autismo, en su connotación de repliegue sobre sí, implica que ellos “se oyen a sí mismos”. Agrega: “Oyen muchas cosas. Eso desemboca normalmente en la alucinación, y la alucinación tiene siempre un carácter más o menos vocal. Todos los autistas no oyen voces, pero articulan muchas cosas” (1). Esas indicaciones son sorprendentes ya que ninguno de los once niños presentados por Kanner en su artículo fundador presentan alucinaciones (2). En una búsqueda ulterior, efectuada con Eisenberg, basada en cuarenta y dos niños autistas estudiados entre ocho y veinticuatro años, los autores notan que en ningún momento estos niños dieron signo de delirio o alucinación (3). Los trabajos de Asperger confirman esa constatación. Se apoyan en una muestra más importante: siguió a más de doscientos niños en un período que sobrepasa los diez años. No evoca nunca la presencia de alucinaciones. Introduce la noción de psicopatía para designar su tipo clínico precisamente porque busca desmarcarlo de la esquizofrenia. Afirma haber observado solo una vez la evolución hacia la psicosis, “en todos los otros casos, agrega, entre los cuales algunos fueron seguidos durante veinte años, nunca hubo esta alteración de la psicopatía en verdadera psicosis” (4).El término alucinación en relación al autismo no aparece bajo su pluma. Será lo mismo a continuación para muchos especialistas del autismo. Desde entonces, en 1964, en una labor que hace referencia al campo anglosajón, Rimland afirma que la ausencia de alucinaciones constituye uno de los elementos que permite diferenciar al autismo de la esquizofrenia. En este aspecto, comenta: “La falta de alucinaciones relatadas estimuló a los autores imaginativos hasta proponer una explicación ingeniosa, pero desprovista de fundamento -la alucinación negativa, según la cual los niños que sufren de ellas pretenden que nada existe”(5). Esta alusión crítica concierne a M. Malher. Intentando determinar el autismo por un narcisismo primario absoluto, induciendo “una ausencia de conciencia del agente maternal”, postula la existencia de una “conducta alucinatoria negativa”, manifestada por una “oreja sorda hacia la madre y hacia el universo entero”(6). Hoy en día, no dudaríamos en pensar que no es nada de esto. Sería más exacto describir el comportamiento de los niños autistas diciendo que la mayoría de ellos no quieren remarcar su interés hacia su entorno. Sellin escribe en su computadora: “Ve todo, oye todo” (7), cuestión que muchos otros testigos confirman.

Las alucinaciones visuales

Sin embargo, sucede que ciertos autistas tengan en cuenta fenómenos alucinatorios. Sellin relata:
un día estaba por error petrificada de terror
porque tomaba gotas de agua que caían por seres vivientes
mirando más cerca solamente reconocí las
gotas de agua
aún hoy me pasa a veces de tener tales alucinaciones
sensoriales
pero eso no me asusta tanto como antes (8)

A pesar del término utilizado por Sellin, se trata allí, no de una ~alucinación, sino de un trastorno de la percepción que es clásicamente ubicado, desde Esquirol, en el registro de las alucinaciones, es decir de un error de los sentidos que no pone en cuestionamiento la presencia real del soporte de la percepción. Algunos fenómenos alucinatorios más auténticos, en cambio, parecen haber sido relatados. Uno de los clínicos más atentos a éstos fue sin duda Bettelheim. Lo tiene en cuenta con respecto a dos niños que presentan un repliegue, autista afirmado: Laurie y Marcia. Al término de su estadía en la Escuela ortogénica de Chicago, Laurie todavía está en vísperas de la palabra, también sus alucinaciones están inferidas por los clínicos. ”Laurie empezó a alucinar, afirma Bettelheim. Lo hemos deducido por su mirada perdida, dada vuelta preferentemente hacia el techo, enteramente preocupada por lo que pasaba en su psiquismo y olvidando completamente lo que pasaba alrededor de ella. Después de estos períodos alucinatorios, que fueron primero breves y luego aumentaron en duración y en intensidad, ella volvía a su ocupación del momento” (9). La observación de Marcia es más convincente: no deja lugar para la duda en lo concerniente a la existencia de fenómenos alucinatorios, ya que ella es capaz de declarar por sí misma: “Parecía, escribe Bettelheim, que tenía alucinaciones particularmente espantosas cuando miraba hacia el techo. A veces ponía su mano sobre su rostro o sobre su nariz. Quizás era para asegurarse límites de su cuerpo ya que, alucinando, tenía sin duda la impresión de que se extendía hasta las imágenes que proyectaba sobre el techo, O quizás era para formar una pantalla entre ella y el mundo que percibía oscuramente (o que alucinaba como estando allá afuera). Mucho más tarde, cuando alucinaba de esta manera, decía: “veo a mamá” [see mom] (10), y suplicaba desesperadamente: “llévense a mamá” [take mom I away] (10). Por consiguiente, Marcia manifiesta alucinaciones visuales espantosas, pero no alucinaciones verbales, de hecho se protege de ellas poniendo sus manos sobre sus ojos y no sobre sus orejas. A partir de la observación de Marcia, y de algunos otros, Betteiheim intenta una teorización de la alucinación del niño autista. Aprehende clínicamente por la actitud de observar fijamente al techo, y hace la hipótesis de que esos niños alucinan la fuente de vida: “la persona responsable de la comida, la persona que ellos no alcanzan jamás afectivamente, la persona que buscan y, al mismo tiempo, de la que se quieren deshacer”.(11) Esta hipótesis no parece poder ser generalizada; en cambio, que las alucinaciones visuales sean inherentes a los estados de auto sensualidad, resaltados por Tustin, parece bastante bien establecido.
Cuando Williams intenta recordar su pequeña infancia, se acuerda primero de “la vista cautivadora que tenía de la nulidad”, discernía manchas en las cuales buscaba dejarse absorber entera (12). Un poco más tarde, declara haber tenido dos amigos, “filamentos mágicos” y “un par de ojos que se escondían bajo su cama”. Los primeros “eran casi transparentes, pero bastaba con no mirarlos directamente y llevar su mirada más allá para que se volvieran más presentes [ … ] las partículas que yo percibía erigían un primer plano hipnótico que hacía perder toda su realidad y su resplandor al resto del mundo”(13). Durante mucho tiempo, cultivó esos estados durmiendo con los ojos abiertos o también apretándose los ojos hasta ver colores. Constatamos de nuevo que WiIliams atrae la atención sobre alucinaciones visuales. Ninguna duda, sin embargo, de que para algunos la música pueda también tener un lugar en sus estados de goce autoerótico. Una autista de alto nivel de trece años dice que hasta los cinco años, antes de que empiece a abrirse a los demás, su mundo era magnífico. “Estaba lleno de colores y de sonidos”(14). Los testimonios son concordantes en cuanto a la frecuencia de la atracción ejercida por sonoridades melodiosas, particularmente música y canciones; en cambio, buscamos en vano sujetos para quienes el diagnóstico de autismo no sea dudoso, y que tengan en cuenta la percepción de voces alucinadas.
La larga experiencia de terapias de niños autistas acumulada por Frances Tustin no la llevó para nada a subrayar la presencia de alucinaciones en esos sujetos. Cuando evoca la manifestación, muy raramente, y sin precisión, parece confirmar la eventual presencia de alucinaciones visuales. “Durante las primeras entrevistas, escribe en 1981, los niños confusionales pueden presentar alucinaciones. No es caso de los niños con caparazón, pero, en clase de psicoterapia, estos pueden tener alucinaciones que atestiguan su capacidad mental para retener imágenes” (15). Donna Williams describe haber sufrido en su infancia alucinaciones visuales bastante consistentes en relación con estados de sonambulismo. “Una vez fue un lindo gatito de ojos azules que me había mordido después de bruscamente haberse metamorfoseado en rata el momento en que iba a acariciarlo. Durante la pesadilla había bajado al living y había actuado toda la escena antes de despertarme al prender la luz. Al ver la sangre chorrear sobre mi mano, me puse a gritar, pero la sangre desapareció como por arte de magia y todo en habitación volvió al orden.
Otra noche, me desperté en el armario del pasillo, paralizada de miedo al ver una muñeca vuelta a su estado normal. Algunos segundos antes la había visto con las manos tendidas, los labios articulando palabras siniestras que no podía oír, como en una escena de resucitados de una película macabra”(16). Conviene constatar en este episodio que la comunicación verbal misma, “las palabras siniestras”, se hace bajo una forma visual: ella no es oída, sino percibida bajo la articulación de los labios. Retengamos lo que subraya aquí Williams: no podía oírlos. En otra circunstancia angustiante, percibe una voz que efectúa una especie de comentario de sus actos, cuestión que no deja evocar un automatismo mental. Sin embargo, precisa: “escuchaba mentalmente mi propia voz comentar el desarrollo de las cosas”(17), lo cual recalca que para ella el fenómeno no era xenopático, su enunciación no se le escapa, sabe que se trata de su “propia voz”. Así como le puede pasar de escuchar: “las emociones son ilegales”, pero allí también afirma que es “una voz interior”(18) que le lanza esta sentencia.
No obstante, un testimonio reciente de un artista de alto nivel parece ser falso respecto a lo precedente. Daniel Tammet en su obra autobiográfica, “Born on the blue day”, publicada en Londres en el 2006, relata haber escuchado la voz de un compañero imaginario, creado alrededor de los diez años para compensar su falta de amigos. Es aún capaz, cuando cierra los ojos, de acordarse claramente del día en que pudo ver su rostro desecado, el de una mujer vieja, muy grande, y muy anciana, de más de cien años. Esta imagen le dice llamarse Anne”. Le pasó seguido, al pasear alrededor de 1os árboles del terreno de juego, durante los recreos, de pasar el tiempo hablando larga y profundamente, de manera que ella era solitaria, y apreciaba la compañía de Daniel. Notamos que dos soledades se reflejan y se consuelan en esta creación que participa de reflejos especulares. Él apreciaba mucho poder hablar con ella de todo lo que le interesaba. “Gran parte de lo que me decía, escribe, tenía como intención tranquilizarme, y siempre tenía este efecto, ya que cada vez que la dejaba me sentía feliz e interiormente tranquilizado”. Sin embargo un día le anunció su partida con una voz muy dulce y lenta, su muerte estaba cerca. Le afectó mucho. Apres-coup, le pareció que Anne había sido la personificación de sus sentimientos de soledad y de incertidumbre. “Ella era, constata, el producto de esa parte de mí que quería tomar la medida de mis límites y empezar a liberarme. Concediendo a su partida, yo tomaba la decisión de abrirme mi camino en un mundo más amplio y de vivir en él” (19). Desde entonces está manifiesto que la voz de Anne no presenta los caracteres de una alucinación verbal. Un psicótico puede escuchar un diálogo de voces, pero se desarrolla fuera de su control, no tiene el sentimiento de ser un actor del intercambio. En regla general, las voces son inquietantes para el sujeto, tienden a insultarlo y a atormentarlo; la de Tammet, al contrario, se comprueba como tranquilizadora y calmante. Él mismo percibe apres-coup que Anne emanaba de su propensión a hablarse a sí mismo y que ella constituía una complejización de ese fenómeno. Su partida le parece traducir la puesta en imagen de una decisión subjetiva. Se trata de un sueño diurno persistente, salido de la imaginación del sujeto, que no presenta la característica xenopática propia de los fenómenos de automatismo mental.
El síndrome autista aparece entonces compatible con raras alucinaciones visuales, quizás aún con algunas alucinaciones sonoras (murmullos, campanas, músicas, etc.), pero no con auténticas alucinaciones verbales. Remarcamos por añadidura que si Lacan considera que la alucinación es de naturaleza verbal, es decir atestiguando la emergencia de un significante en lo real, su fenomenología no se restringe al fenómeno de las “voces”: puede también manifestarse por percepciones olfativas, gustativas, cenestésicas o genitales. Ahora bien, es remarcable que tales alucinaciones estén muy rara vez descritas en la clínica del autismo.

La carencia de significante amo (división a-S1)

Si se confirma que es así, la profundización de la lógica del fenómeno debería poder orientarnos a alcanzar aquello que diferencia, estructuralmente al autismo de las psicosis. Era la vía que tomaban los Lefort cuando consideraban que en el autismo “el doble no deja ninguna posibilidad de alucinación” (20). A través de esto comprenden que la relación con el Otro del significante, al estar siempre mediatizada por un doble real y omnipresente, levanta un obstáculo para la alienación del significante (21). Los Lefort resaltaban la ausencia o la pobreza del parloteo en los niños autistas para insistir sobre la no función del ensamblaje de lo simbólico en lo real por el significante-amo. En efecto, una de las quejas mayores de esos sujetos, cuando declaran sufrir por no conseguir reunir el pensamiento y la emoción, parece poder ser relacionado con una deficiencia de la función del significante-amo. Su entrada en el lenguaje se hace la mayoría de las veces por conductas ecolálicas manifiestamente cortadas de su sentir. Algunos atestiguan haber puesto mucho tiempo en comprender que “las producciones sonoras de sus cercanos servían para comunicar. Hacia la edad de catorce años, un autista de nivel alto como Barron, no era capaz de expresar lo que sentía por medio de palabras. “La idea de preguntarle a mi madre por qué yo era tan extraño, decirle que necesitaba ayuda, nunca se me había ocurrido. Ignoraba que las palabras podían servir para eso. Para mí el lenguaje no era más que una extensión de mis obsesiones, un instrumento al servicio de mi gusto de la repetición”(22). Donna Williams tiene en cuenta una relación similar con el lenguaje en su infancia: “Mientras que podía memorizar e imitar conversaciones enteras, retomando todos los acentos, no reaccionaba cuando me hablaban. Ni siquiera pestañaba cuando mis padres armaban un alboroto al lado de mi oreja. Ellos pensaban que yo era sorda. No lo era. Escépticos, a pesar de mi rico vocabulario, me hicieron volver a hacer audiogramas a la edad de nueve años. Se ignoraba el principio de la “sordera al sentido”. En la vida, esto equivalía a una casi-sordera. Usted no está privada del sentido, sino del sentido del sonido”(23). En resumen, les hace falta un tiempo más o menos largo para descubrir que las palabras sirven para comunicar, después de esto, algunos parecen capaces de un aprendizaje intelectual de la lengua. ¿Cómo podrían escuchar verbalizaciones alucinatorias expresivas durante el período en que la palabra del Otro les llega bajo la forma de una ambientación insensata? Todo lleva a pensar que aquel que está privado del “sentido del sonido” se encuentra dentro de la incapacidad de percibir voces alucinatorias.
La carencia del significante-amo ancla un obstáculo en la construcción misma de la alucinación verbal en la estructura autista. Hay que resaltar que esta última no es una ambientación cualquiera, sino la manifestación de una “voz” que atestigua una presencia enunciativa afirmada, humana o divina. Muchas veces es portadora de imperativos exigentes contra los que el sujeto debe gastar mucha energía para resistir a su cumplimiento; lo conduce a veces a realizaciones extremas: suicidio, asesinato, incendio, etc. La alucinación verbal se basa en una condición previa: la inscripción del significante unario sobre la sustancia gozante. Cuando ésta se ha operado puede hacerse oír el S1 bajo la forma de los mandamientos del superyó feroz. Su tendencia a los insultos y a las obscenidades manifiesta el desencadenamiento en lo real de un goce desenfrenado, ante el cual los S2 no se detienen, a pesar de ya estar tomado en el lenguaje. Desde entonces no hay “voces” sin Bejahung primordial; la misma que Lacan notaba en la ausencia concerniente a Dick, niño tomado en cura por M. Klein, con respecto al cual da algunas indicaciones precisas concernientes a la estructura del autismo. Dick, afirma en 1954, vive “en un mundo no-humano” porque “no puede ni siquiera llegar al primer tipo de identificación que ya sería un inicio del simbolismo […] ya tiene cierta aprehensión de los vocablos, pero no hizo la Bejahung de estos vocablos -no los asume”(24). Los niños autistas viven en un mundo interior en el cual el significante no introdujo sus cortes. Lacan señala que Dick “está todo en la indiferencia”, de manera que pueden encontrar muchas satisfacciones cuando no se los molesta. Un principio del autismo es que una relación fundamental del ser con la palabra no sea asumido. Esas intuiciones de Lacan son confirmadas y desarrolladas por los Lefort en los años ochenta cuando teorizan la ausencia del Otro del significante en el autismo. Sin duda, sin embargo, hay que matizar esta afirmación. Nadie puede seriamente discutir que el sujeto autista esté en el lenguaje, es lo que demuestra además la producción de los objetos a. Lo que es característico de lalengua del autista no es tanto ser pobre sino el rechazo del sujeto a aislar significantes-amos. El sujeto autista no es indemne a toda alienación, pero rechaza lo que experimentó, no “lo asume” resalta Lacan. ¿Cómo hace esto? Es empleándose para cortar el significante del goce vocal que consigue que ninguno de ellos pueda llevar la función de significante-amo. El autista moviliza sus esfuerzos para nunca tomar una posición de enunciador, esta estrategia defensiva solo se encuentra desbordada en momentos de extrema angustia. La permanencia raramente tomada en falta del rechazo a tomar una posición de enunciador es lo que funda la ausencia clínica de la alucinación verbal, ya que ésta es una enunciación desviada, ante la cual el sujeto es inmanente(25). A pesar de las apariencias, el sujeto psicótico se muestra profundamente implicado en sus alucinaciones, es lo que demuestra la fuerza persuasiva de alguno de ellos, que sabemos que pueden conducirlo a seguir sus insultos, a cometer actos gravísimos. Desde entonces, ya que ni la identificación primordial, ni los significantes-amos están asumidos, parece inherente a la estructura autista el no permitir la producción de voces alucinatorias.
Aquellos para quienes la palabra no puede servir para el llamado, aquellos que rechazan hacerse escuchar, ¿no estarían sin embargo obstruidos de un goce que los conduciría a muchas cosas interiormente? Nada indica que ese sea el caso. En efecto, son muchas veces niños cuya vida interior es rica, se hablan mucho a sí mismos, algunos se recitan interiormente poemas y noticias, voluntariamente se rememoran canciones, melodías y emisiones de televisión, otros manejan números, o se plantean muchas preguntas, etc. Sin embargo, todo lleva a Sellin a creer, cuando, interrogado sobre ese punto, responde que no hay nada allí muy excepcional, escribiendo en su computadora:
“[…] interiormente hablo con abundancia como
todos los pequeños terrícolas”,(26)
Cuando se le pregunta si escucha una frase hablada, una o varias veces interiormente, una vez más da a conocer que considera en ese aspecto no ser diferente a otros:
“es aberrante pensar que repito interiormente
todo lo que es dicho está esencialmente titulado
y almacenado en el misterioso cerebro loco
a la espera de ser llamado”(27)
No obstante, escuchamos a veces en los autistas verbales, una repetición murmurada de la frase que acaba de serles dicha, como si la saborearan, o la examinaran con atención. Williams indica que ese fenómeno se ancla en su dificultad para alcanzar inmediatamente la significación, un trabajo reflexivo suplementario a veces les es necesario para que la significación advenga. “Hacia la edad de diez años, confiesa, empecé a escuchar fragmentos que tenían directamente un sentido. Descubrí una estrategia: decir interiormente las frases de otro. Así, podía dar un sentido a toda una frase. Con el pasar de los años, manejaba este arte al punto de poder dialogar con un retraso prácticamente imperceptible”(28).

Los alaridos

Más característico del síndrome autista es un fenómeno poco estudiado, el de las crisis de alaridos, a menudo muy pregnante, y que constituyen la manera más frecuente de reaccionar a las contrariedades. Es notable que los terrores de los niños autistas se traducen por alaridos no verbales, y no por gritos tales como “El lobo”, que probarían una presencia del sujeto de la enunciación. Son inicialmente enfrentados a un Otro real inhumano, que no habla, cuestión que advierte Lemay cuando constata que el niño autista no transforma sus angustias en “miedos designables ligados a potencias animadas. No hay fantasmas, brujas o personajes mortíferos en sus relatos. No nos dicen, como muchos niños hacen, sus temores de la “cortina que se mueve”, del desconocido que puede entrar en su habitación por la ventana o de una presencia misteriosa bajo su cama. Estamos entonces siempre en repeticiones donde lo sensorial y lo inanimado lo arrastran hacia configuraciones humanas”(29). Del mismo modo, las angustias del niño autista se expresan de este lado de la humanización producida por la asunción del lenguaje. Sellin vuelve muchas y muchas veces en sus escritos al sufrimiento que le procuran sus alaridos incoercibles:
“los gritos chiflados son accesos sobre los que no tengo
toma
nada me es más odioso que esos repugnantes
alaridos de rabia que inflan y mugen”(30).
Se da cuenta que tales gritos lo aíslan y hacen obstáculo a sus esfuerzos de socialización, él quisiera deshacerse de ellos, pero se le imponen. Lamenta su ignorancia de las razones de sus gritos infames(31). En efecto, los alaridos no son propios a la clínica del autismo. Sabemos cuánto Schreber da cuenta de ellos, pero concebimos inmediatamente que no son del mismo tipo, cuando remarcamos que el Presidente conoce las razones de ellos. Sus alaridos están articulados en su delirio, se producen siempre en la misma circunstancia: cuando Dios cree poder retroceder ante él, desde que lo deja ir hasta no pensar en nada. Gritos de ese tipo son denominados “milagro”: son producidos por el Dios inferior (Ariman) cuando acciona los “músculos que convergen en el mecanismo respiratorio” (32). En esos momentos en que sobrevienen, cuando los rayos hablantes que unen a Schreber con Dios se rompen, el Presidente se presenta como “un texto desgarrado”(33), entre los S2 que se esconden, y el S1 del alarido. En éste, constata Lacan, se manifiesta “una función vocal absolutamente a-significante, y que sin embargo contiene en ella todos los significantes posibles, es algo que, agrega, nos hace estremecer en el alarido del perro delante de la luna”(34). En contra de los alaridos de Sellin, que califica él mismo como “bestiales, repugnantes, imbéciles, odiosos, muertos-vivos”, que le son insoportables, y le parecen firmar su exclusión de la humanidad, por el horror que inspiran a los otros; aquellos de Schreber son, al contrario, muy humanos, expresan el inefable dolor del lenguaje que se esconde, dolor que creemos escuchar en el alarido del perro que hace estremecer, cuando le damos a éste una expresión casi humana.
Los alaridos de Sellin son, según su propia expresión, “absurdos sonidos archiprimitivos”(35). Solo permiten escuchar, en el horror, la voz del sujeto, antes de toda alienación significante. Williams los confirma: “En el vacío de la Gran Nulidad Negra, escribe, no había ningún pensamiento […] En el vacío, no hay ningún lazo. El alarido no les pertenece ni siquiera ya que ustedes no existen y no hay voz”(36). Una voz tal no es ni siquiera reconocida como suya por falta de ensamblaje con el significante-amo. Los alaridos de Schreber no son del mismo tipo: participan de un milagro divino. El Presidente está atravesado por el Otro, su grito demuestra por medio de una articulación mínima de lo sonoro con el lenguaje, si bien nos hace escuchar la voz humana, que el objeto de la pulsión invocante se presentifica. El autista, en cambio, queda obstruido por un goce sonoro, que no es tomado del significante-amo, que surge para él en lo increíble, lo bestial, lo no-humano. En todos los casos, el alarido demuestra la angustia masiva de un ser tomado por su desamparo. Schreber sufre de la retirada del Otro, a quien se esfuerza por remediar, mientras que el autista es más radical: trabaja por el rechazo de la alienación. Desde entonces Sellin no tiene ninguna toma sobre sus alaridos, mientras que Schreber está menos desprovisto. Puede prevenirlos manteniendo la coherencia de la cadena significante, “mientras que continúe contando, escribe, no hay riesgo de que se declare una crisis de alaridos”; o poniéndose a hablar en voz alta y “a pronunciar algunas palabras preferentemente sobre Dios, la Eternidad, etc. … , que no deben dejar de llevar a Dios a reconocer su error…“. En la época de la redacción de sus Memorias, llegó a cierto control del fenómeno, los alaridos se redujeron, afirma, “lo que los otros toman como ruidos de pequeñas toses, carraspeo de garganta o bostezo más o menos desplazados, poca naturaleza para afectar a cualquiera”(37). Su torna tenue al significante no hace fenómenos totalmente desubjetivados, aún si demuestran una no-extracción de la voz.
La puesta en juego de ésta, conectada al significante-amo es tan dolorosa para los autistas que muchos prefieren quedar mudos. Otros recurren al compromiso de la verborrea, al del lenguaje de señas, o a diversos tipos de enunciaciones artificiales.
Algunos consiguen dar una frágil base a su enunciación por medio de una captación imaginaria de la voz operada gracias al rodeo por un doble. La adquisición de la palabra se hace para el autista primero por una ecolalia retrasada, que imita el comportamiento verbal de un doble, luego por un aprendizaje intelectual que memoriza palabras conectadas a imágenes de cosas, y frases asociadas a situaciones precisas. La enunciación guarda siempre cierta extrañeza, que sugiere algo de una base artificial.
La apropiación del lenguaje se opera, no por ensamblaje del significante a la voz, sino por asimilación de signos referidos a imágenes. Entre las consecuencias que resultan de ellos hay que resaltar la fragilidad del montaje simbólico que estructura la percepción. Los autistas de alto nivel dan cuenta de su desorganización repentina en momentos de angustia. Para ellos, lo sonoro como lo visual, a falta de estar habitados por un goce regulado, nunca dejan de ser difíciles de tratar. Sellin describe muy bien que “la percepción acústica y visual” le es “increíblemente penosa”, ya que es “caótica”(38). Le es necesario un esfuerzo de concentración para hacer orden.

La división entre el mensaje y la melodía

Ciertos ruidos anodinos, como aquellos de aparatos domésticos, son a menudo fuente de alaridos, mientras que otros, más fuertes, o más inquietantes, como una explosión, pueden dejarlos indiferentes. A falta de regulación de la voz por el significante, parecen operar una división en lo sonoro muy diferente de aquel de su entorno. Esa división varía según los sujetos; pero presenta una constante remarcable cuando concierne a la audición de la palabra.
Con respecto a esto, Lacan llamaba nuestra atención desde 1959 sobre el hecho de que “el acto de oír no es el mismo, según si aspira a la coherencia de la cadena verbal, especialmente su sobredeterminación a cada instante por el apres-coup de su secuencia, como también la suspensión a cada instante de su valor en el advenimiento de un sentido siempre listo a devolución -o según si se acomoda en la palabra a la modulación sonora, con el fin de análisis acústico, tonal o fonético, incluso de potencia musical”(39). Uno apunta a la significación de mensaje, el otro se retrasa sobre las sonoridades. El primero es doblemente difícil para el autista, por un lado, en razón de la precariedad de la función fálica, aún cuando es compensada en algunos por el aprendizaje, por otro lado, y sobretodo, porque la comprensión del mensaje implica una atención a la enunciación y al significante-amo que la funda. Ahora bien, que los autistas tengan mucha dificultad para tomar en cuenta la enunciación es constante: cada uno concuerda en subrayar su comprensión literal, su dificultad en interpretar la entonación y en alcanzar el humor. En cambio, su interés por la música y las canciones se comprueba remarcable. Una teoría del autismo debe poder dar cuenta del hecho de que son las competencias musicales las más frecuentes entre los autistas llamados sabios(40). La división en el tratamiento de la palabra entre el rechazo del mensaje llevado por una enunciación afirmada, y la sorprendente atracción por la melodía, constituye un elemento de la clínica del autismo. Muchos clínicos subrayaron la importancia para quien trabaja con ellos.
La separación entre la oreja y la voz no operó para el autista, de manera que oye en efecto “muchas cosas”, muchas otras cosas, cuando la palabra se hace expresiva y singular. Williams confía sentir un temor por la extrañeza de su voz cuando expresa palabras que ella eligió(41). Ese momento en que oye su voz, la asocia con el miedo de la “Gran Nada Negra”, término que utiliza para designar momentos de angustia extrema. Recalquemos que ella no oye su voz cuando su palabra es verbosa; solo se presentifica con una enunciación singular, cuando se expresa verdaderamente. Convocar el significante unario para unirlo momentáneamente a lo sonoro, y hacer así surgir la voz, constituye para el autista una experiencia supremamente angustiante, sin duda al fundamento mismo de su posicionamiento subjetivo. La frecuencia del mutismo en los niños autistas puede allí esclarecerse cuando se sabe que no es raro que pronuncien a pesar de ellos una frase expresiva, en circunstancias vividas como particularmente inquietantes, mientras que asustados por lo que han hecho, por una experiencia tal de mutilación vocal, vuelven a un mutismo obstinado. Desde 1946, Kanner nota ese fenómeno. Entre veintitrés niños autistas observados, el “mutismo” de ocho de ellos, dice, fue interrumpido en raras ocasiones “por la emisión de una frase integral en situaciones de urgencia”(42). Esas frases tienen por característica afirmar fuertemente la presencia enunciativa. “Devolveme mi bolita” dice Sellin a su padre que acababa de tomar uno de sus objetos autísticos (43). “No es cuestión de cambiar un iota” exclama un autista particularmente silencioso, delante de sus padres pasmados que acaban de concluir una conversación sobre los trabajos a efectuar en la casa familiar (44). A los diez años, Jonny no hablaba, dice Rothenberg, sin embargo había dicho una vez: “Andate al diablo”(45) y “No puedo”(46). Por otro lado, esta fina clínica señala: “Mirando y escuchando a Jonny, comprendí que quería escapar al sonido de su propia voz, así como antes había intentado huir de las voces de su entorno”(47). Los Brauner hacen una constatación muy similar cuando subrayan la angustia que procura a los autistas “la voz humana directa”(48). Esas notaciones son remarcablemente pertinentes, sin embargo, necesitan ser esclarecidas por la noción lacaniana de voz, en tanto que objeto a, para ser precisadas y generalizadas a la estructura del autismo. Todos los autistas no son mudos, muchos pueden movilizar el sonido de su voz para hablar, y aceptar escuchar el sonido de la voz del prójimo. Pero hacen falta ciertas condiciones. La más manifiesta es que la enunciación esté borrada. La palabra verbosa, y el acto de oír orientado hacia la melodía, se emplean con cierto éxito. Es la presentificación del goce vocal lo que angustia al autista, ahora bien, este último habita la palabra en grados diversos. Es lo que hay de viviente en ésta, es presencia del enunciador. Fuertemente afirmado en “Devolveme mi bolita”; casi totalmente borrado en la recitación de un texto redactado en una lengua ignorada por el locutor(49). Niños autistas que nunca se dirigen a sus cercanos pueden sin embargo aceptar recitar un índice enciclopédico o “las preguntas y respuestas del catecismo presbiteriano” que no son aparentemente para ellos, según Kanner, más que una “serie de sílabas sin sentido”(50). No oponen obstáculo a verbalizaciones de este tipo, ya que no escuchan en absoluto su voz.
Muchos clínicos constataron empíricamente que para hacerse escuchar por el autista, conviene hacer callar su voz. Asperger ya se sorprendía por esto: “Observamos en nuestros niños, escribía en 1944, que si les damos consignas de manera automática y estereotipada, con una voz monocorde como ellos mismos hablan, tenemos la impresión de que deben obedecer, sin posibilidad de oponerse al orden”, de manera que preconizaba presentarles toda medida pedagógica “con una pasión apagada” (sin emoción)(51). Confiar la emisión de la palabra a una máquina constituye una manera más radical aún de cortarla de la enunciación. Constatamos entonces, con cierto asombro, que ciertos niños autistas “ejecutan órdenes confiadas a la banda magnética, mientras que quedan indiferentes y pasivos ante las mismas palabras dichas en frente”(52). De ahí la frecuencia del aprendizaje de la lengua pasando por ecolalias cuyo contenido es resultante de grabaciones sonoras y sobretodo de emisiones televisadas. Williams subraya que las palabras son mejor comprendidas cuando son transmitidas por un disco, por la televisión o por un libro. (53)
La separación operada por los autistas en el tratamiento de la palabra es netamente expresada por Hébert. A menudo, dice, cuando hablan, “lo hacen con una voz átona, mecánica, como si […] la parte musical de la lengua estuviera disociada del sentido, como si tuvieran la elección entre hablar sin música o hacer sonidos sin sentido: sentido bruto o sonido bruto, código informativo o emoción sensitiva, pero nunca los dos articulados”.(54) Su dificultad para expresarse en su nombre propio se comprueba en efecto frecuentemente unida a una inclinación hacia el canto y la música. La misma separación se discierne en su escucha: un mensaje demasiado directo los vuelve sordos, en cambio están atentos a éste cuando está insertado en la melodía.
Los padres de Elly habían constatado que “esta extraña niña, incapaz de asimilar la palabra más simple, era capaz de retener una melodía y de relacionar una idea […] las melodías de Elly tenían un contenido relacionado al lenguaje. Durante años, relatan, no supimos por qué Elly, de cuatro años, nos cantaba Alouette cuando la peinábamos, después de haberse lavado el pelo. Fue recién a partir de su sexto año, cuando ya hablaba mucho mejor, que descubrimos la relación. Alouette igualaba a all wet (todo mojado), palabras que a los cuatro años no decía y no parecía comprender. Sin embargo, era claro que había alcanzado los sonidos y establecido a través de la música una relación que no quería o no podía hacer verbalmente”. Otras anécdotas parecidas los conducen al sentimiento de “que la barrera erigida por Elly para defenderse contra las palabras cedía delante de la música”(55). Williams describe el mismo fenómeno cuando se produce, no en su palabra, sino en el acto de audición: “Para mí, dice, las palabras formaban parte de la melodía. Provenían de ella. Cuando escucho discursos únicamente bajo la forma de motivos sonoros, mi mente, de alguna manera, lee la significación global del motivo (¿quizás inconscientemente, o por un proceso físico?), y respondo a menudo como lo escuchamos de mí, haya o no comprendido lo que se me pregunta”(56). Confirma lo que Asperger ya había observado en su trabajo con los autistas: no solo el mensaje puede así llegarles, como en eco, sino en aumento, son particularmente receptivos. La sugestión siempre inherente a la palabra del otro toma entonces un peso acentuado, sin duda porque la ausencia de separación en la escucha entre el enunciado y la enunciación no permite al autista interrogarse sobre el deseo del Otro, de manera que el mensaje puede entonces ser recibido, según la expresión de Asperger, como “una ley objetiva impersonal”(57).
Todo clínico familiarizado con los autistas constató empíricamente la división que ellos operan fácilmente en su palabra y en su escucha. En un trabajo reciente sobre “Lenguaje, voz y palabra en el autismo”, los autores, psicoanalistas, parecen concordar en lo esencial sobre los hechos siguientes: los autistas tienen una dificultad específica en habitar subjetivamente y afectivamente una palabra dirigida, su desmutización pasa a menudo por canciones, un disfuncionamiento de la pulsión invocante constituye un elemento mayor, y se muestran más receptivos a palabras lúdicas y mimosas, notablemente al “motherese”, que a entonaciones imperativas(58). Esas bases clínicas, conformes a lo que precede, solo se ordenan a partir de la hipótesis según la cual nada es más angustiante para el autista que el objeto del goce vocal. Su demasiada presencia los vuelve sordos y mudos; mientras que su borramiento les permite una expresión átona y una escucha de la melodía sonora. La voz, tal como la plantea Lacan, como objeto a, no pertenece al registro sonoro de la palabra, no es identificable ni a la entonación, ni a la voz materna(59), además en el alarido autista, no se percibe más que en la alucinación verbal, cuando la cadena significante se rompe, y que el sujeto escucha su propia enunciación producirse independientemente de su voluntad. Desde entonces, como lo subraya Jacques-Alain Miller, Lacan hace casi equivaler la voz y la enunciación(60). La remarcable apetencia de los autistas hacia las canciones y la música, así como la prevalencia de los músicos entre los autistas-sabios, encuentran su lugar cuando se subraya que melodía, canción y música pueden atraerles en lo que ellos borran la voz. Así como el cuadro del pintor domina la mirada, la música estetiza el goce obsceno de la voz, tan rápido a la injuria cuando se hace escuchar, tan horrible cuando se evoca en el alarido que hace estremecerse. En cambio, todo mensaje fundado en una enunciación implica que el sujeto haya cedido sobre su goce vocal para aceptar localizarlo en el campo del Otro, lo que lo falifica y lo atempera. El rechazo de la enunciación y el rechazo del llamado al Otro se anclan en la misma retención del goce vocal.
El objeto vocal, al no ser extraído, queda en permanencia amenazante para el autista, arriesgando hacerse escuchar en su palabra, o surgir en la del otro si es demasiado habitada por la presencia enunciativa. Ese rechazo del acoplamiento entre la voz y el significante, sumamente angustiante cuando se opera, da al autista su unidad estructural. Le debemos a los Lefort haber conseguido formularlo a partir de la cura de Marie-Françoise(61). Encontramos la confirmación de lo que una niña de treinta meses les enseñó, que la mutación de lo real al significante no se opera, en una aprensión del autismo fundada, por una gran parte, sobre el estudio de testimonios de autistas adultos de alto nivel.
Elementos recientemente sacados del estudio retrospectivo de videos familiares de bebés convertidos en autistas, mostrados por M.-C. Laznik, vienen a confirmar remarcablemente la precocidad del rechazo de la voz en el sentido como lo entiende Lacan. “Esos bebés, dice, que en las actividades cotidianas de baño, de nutrición, no miraban al padre que se ocupaba de ellos, podían, de golpe, no solo mirar sino ponerse también a responder entrando en una verdadera “protoconversación”. Un ejemplo sorprendente, continúa, se encuentra en la grabación del pequeño “Marco”. Este bebé, por entonces de dos meses y medio de edad, que puede mantener una perfecta indiferencia al mundo humano que lo rodea, se muestra capaz de mirar a su madre y de responderle balbuceando, cuando ella le tararea una canción. Su interacción sostenida dura casi tres minutos. Ese fragmento de video, mostrado, sin precisar el contexto, por Sandra Maestro y Filippo Muratori, suscita fuertes reacciones por parte de colegas en diversos países del mundo. ¿Cómo aceptar la idea de que un niño tal pueda devenir autista? l…] Pero, prácticamente en todo el resto de ese video familiar, el estado de cierre de ese bebé es fácilmente detectable”(62) Retendremos que desde los dos meses y medio un funcionamiento autista se comprueba detectable en ese bebé: se abre a la palabra del Otro, como sus hermanos mayores, a condición de que la voz esté borrada, en ocurrencia gracias a la canción. Siguiendo sus búsquedas a partir de otros videos de bebés vueltos autistas, M.-C. Laznik establece que ellos reaccionan a menudo favorablemente, sonriendo, o interesándose en el otro, cuando el adulto les habla en lo que los psicolingüistas anglosajones nombran el “mot-herese” o el “baby-talk”. Ese “mamanais” o “hablar bebé” posee cierto número de características lingüísticas que lo vuelven objetivamente identificable: exagera la prosodia valorizando la estructura fonética y rítmica de las palabras y de las frases. El contenido de los temas sostenidos en “motherese” consiste principalmente “en comentarios sobre las sensaciones que podría sentir el niño y sobre sus estados internos”(63). Un poeta creó el neologismo “pétel” para designar a esta lengua, la delimita menos rigurosamente que los lingüistas, pero se muestra más sensible a su resonancia subjetiva, definiéndola como “la lengua mimosa por medio de la cual las madres se dirigen a sus hijos pequeños, que querría coincidir con aquella por medio de la cual se expresan estos últimos”.(64) Es este descentramiento de la enunciación que conviene subrayar: el “baby-talk” consiste esencialmente en hacer semblante de hablar en el lugar del bebé. En efecto, éste no lo entiende, pero cuando es autista percibe en la entonación del’ “hablar-bebé” que la voz del locutor se ha ausentado, aquel que le habla no afirma su presencia enunciativa. Es por eso que el “mot-herese” no lo angustia. A la inversa, un llamado desgarrador de la madre manifiesta demasiado el goce vocal y no puede hacer más que incitar a un bebé autista a darse vuelta. Es exactamente lo que pasa en las secuencias siguientes estudiadas por M-C Laznik en otro video familiar.
Una madre intenta entrar en contacto con su hijo de algunos meses que presentará más tarde un síndrome autista. “¿Pedro? ¿Pedro? ¿Pedro?”. Ella se acerca, mientras que el bebé mira ostensiblemente para el otro lado. El tono de la voz materna se vuelve cada vez más suplicante: “¡Mirame! ¡Mirame! ¡Mirame!”. Ella pega su rostro sobre la panza del bebé y grita su desamparo: “¡Mi bebé! ¡Mi bebé! ¡Mi bebé!”. Ese fragmento de discurso, en el cual la enunciación está muy afirmada, se sitúa sobre ese punto exactamente opuesto del “hablar-bebé”. En cambio, en otro fragmento de video, mientras que Pedro acaba de reaccionar de vuelta desviándose, a un intento de contacto de su madre, se observa que la voz de su tío viene a arrancarle su postración, sonriendo, empieza a mirarlo, y a vocalizar con él, como un bebé totalmente normal. En el análisis lingüístico, la voz del tío prueba presentar ciertas características del “motherese” (65). Este no es nunca portador de una enunciación imperativa, que haría resonar demasiado la voz, se trata por el contrario, de una lengua mimosa y musical, es por esto que el autista no se encuentra obligado a protegerse de ella.
La ausencia de división entre la oreja y la voz hace a la manifestación de esta última siempre amenazante para el sujeto autista; cuestión que lo conduce muy temprano a aplicar una defensa original, que opera una división en su palabra y en su audición, con el fin de siempre esforzarse a depurarlas de la voz. Que esta defensa eficaz, que el acoplamiento a-S1 esté obstinadamente barrado, se constata por mediación de ese hecho clínico mayor que es la ausencia de alucinaciones verbales. No obstante, persiste, aún en los autistas de alto nivel, un disfuncionamiento de la pulsión invocante, que les permite en efecto expresarse, pero que se les hace difícil hacerse escuchar. Lo consiguen por mediación de una relación con el lenguaje mediatizada por el doble, dando nacimiento a una lengua de signos, que procede a una inmersión de lo simbólico en lo imaginario. Ahora bien, la alucinación verbal descansa sobre una alienación significante, sin separación, que opera una inmersión de lo simbólico en lo real. Está en el principio de la estructura autista que el sujeto haga obstáculo.
Traduccion al castellano: Geraldine Triboulard

Notas
(*) Artículo publicado en el libro Psicoanálisis con niños y adolescentes 2, Grama Ediciones, Buenos Aires, 2009. Agradecemos a los editores la autorización para su publicación en nuestra revista.
(1) LACAN, J. “Conférence en Geneve sur ‘Le symptóme’’’. 4 Octobre 1975. Bloc-note de la psychanalyse, editorial Georg, Genéve, 1985, 5, págs. 5-23.
(2) KANNER, L. “Autistíc disturbances of affective contact”, Neruous Child., 1942-1943,3,3, pág. 217-230. Traduction française en Berquez G. L “autisme infantile, PUF, París, 1983, pág. 217-264.
(3) KANNER, L.; EISENBERG, L.: “Notes of the follow-up studies of autistic children”, Psychopathology of Childhood, Grune & Stratton, New York, 1955, págs. 227-239.
(4) Asperger, H. “Les pshychopathes autistiques pedant l’enfance” `[1944], Les empecheurs de tourner en rond, Synthélabo, Le Plessis-Robinson, 1988, pag. 138.
(5) Rimland, B. Infantil autism. The syndrome ans its implications for a neural theory of behavior, Meredith Publishing Company, New York, 1964, pag. 72
(6) Malher, M. Psychose Infantile [1968], Payot, París, 1973, pag. 69.
(7) Sellin, B. La solitude du déserteur [1955], Laffont, París, 1988, pag. 99.
(8) SELLIN, B. Une ame prisonniere [1933], Laffont, Paris, 1994, pág. 108.
(9) BETTElHEIM, B. La forteresse vide [1967], Gallimard, Paris, 1969, pág. 159.
(10) Ibid. pág. 213.
(11) Ibid., pág. 263.
(12) WILLIAMS, D.: Si on me touche, je n existe plus, Robert Laffont, Paris, 1992,
pág. 20.
(13) Ibid., pág. 28.
(14) WILLIAMS, D. Quelqu´n, quelque part [1994], J’ai Lu, 1996, pág. 269.
(15) TUSTIN, F. Les états autistiques chez l’enfant [1981], Seuil, Paris, 1986, pág. 55.
(16) WILLIAMS, D. Si on me touche, je n ‘existe plus, op. cit., pág. 80.
(17) Ibid., pág. 103.
(18) WILLIAMS, D. Quelqu ‘un, quelque part, op, cit., pág. 46.
(19) TAMMET, D.: Born on 11 Born on a blue day, Hodder, London, 2006, págs. 99-101.
(20) LEFORT, R et R.: “Sur l’autisme. Travaux et recherches en cours. Entretien avec F. Ansermet”, en L’enfant “prêt-à-poser”, Agalma, París, 1988, pág. 37.
(21) El doble autista, según los Lefort, excluye toda presencia del objeto causa del deseo, de manera que éste “no es alucinable en la ausencia del Otro”. [LEFORT, R. y R: “L’autisme, spécificité”, en Le symptóme-charlatan, Seuil, París, 1988, pág. 316].
(22) BARRON, J. y S.: Moi, 1 ‘enfant autiste [1992], Plon, París, 1993, pág. 222.
(23) WILLIAMS, D.: Quelqu´un, quelque part, op. cit., pág. 71.
(24) LACAN, J.: Le Seminaire, Livre 1, Les écrits techniques de Freud, Seuil, París. 1975, págs. 81-83.
(25) LACAN, J.: Le Séminaire, Livre Xl, Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse, Seuil, París, 1073, pág. 232.
(26) SELLIN, B.: La solitude du déserteur, op. cit., pág. 180.
(27) lbid., pág. 178.
(28) WILLIAMS, D.: Quelqu ‘un, quelque part, c.o., pág. 136.
(29) LEMAY, M.: L’autisme aujourd’hui, O. Jacob, París, 2004, pág. 159.
(30) SELLIN, B.: La solitude du déserteur, op. cit., pág. 20.
(31) Ibid., pág. 137.
(32) SCHREBER, D.P.: Mémoires d‘un névropathe [1903], Seuil, París, 1975, pág. 171.
(33) LACAN, J.: Présentation des Mémoires d’un névropathe [1966], en Auttres Ecrits, Seuil, Paris, 2001, pág. 215.
(34) LACAN, J.: Le Séminaire, Livre IlI, Les psychoses, Seuil, Paris, 1981, pág. 158.
(35) SELLIN, B.: La solitude du déserteur, op. cit., pág. 128.
(36) WILLIAMS, D.: Quequ’ un ‘, quelque part, op. cit., pág. 142.
(37) SCHREBER, D. P.: Mémoires d’ un névropathe, op. cit., págs. 280-281.
(38) SELLIN, B.: La solitude du déserteur, op. cit., pág. 185.
(39) LACAN, J.: “D’ une question préliminaire à tout traitement possible de la psychose”, en Écrits, Seuil, París, 1966, pág. 533.
(40) TREFFERT, D. A.: Extraordinary people, Black Swan, London, 1990, pág. 33.
(41) WILLIAMS, D.: Quelqu ‘un, quelque part, op. cit., pág. 161.
(42) KANNER, L.: “Le langage hors-propos et métaphorique dans l’autisme infantile précoce” (Traducción G. Druel-Salmane y F. Sauvagnant), American Journal of Psychiatry, sept. 1946, 103, págs. 242-246, en Psychologie clinique, L’harmattan, París, 2002, 14, pág. 204.
(43) SELLIN, B.: Une âme prisonniere [1993], Robert Laffont, París, 1994, pág. 24.
(44) TOUATI, B.: “Quelques repères sur l’apparition du langage et son devenir dans l’autisme”, en TOUATI, B.; JOLY, F.; LAZNIK, M -C La gage, voix et parole dans l‘autisme, PUF, París, 2007, pág. 19.
(45) “Go to hell”.
(46) ROTHENBERG, M.: Des enfants au regard de Pierre [1977], Seuil, Paris, 1979,
pág. 37.
(47) Ibid., pág. 36.
(48) BRAUNER, A y F.: Vivre avec un enfant autistique, PUF, París, 1978, pág. 57.
(49) Salvo, claro está, si intenta animar el texto jugando sobre entonaciones para darle un semblante de significación.
(50) KANNER, L.: “Autistic disturbances of affective contact”, en Berquez G. L‘autisme infantile, op. cit., pág. 255.
(51) ASPERGER, H .: Les psychopathes autistiques pendant l’enfance, op. cit., págs. 69-70.
(52) BRAlJNER, A Y F.: Vivre avec un enfant autistique, op. cit., pág. 190.
(53) WILLIAMS, D.: Si on me touche, je n‘existe plus, op. cit., pág. 299.
(54) HÉBERT, F.: Rencontrer l ‘autiste et le psychotique, Vuibert, París, 2006, pág. 208
(55) PARK, C. C.: Histoire d’Elly. Le siegè [1967], Calmann-Lévy, Paris, 1972, 82 págs. 98-100
(56) WILLIAMS, D.: Si on me touche, je n ‘existe plus, op. cit., pág, 300.
(57) Asperger nota que los niños autistas tienen el sentimiento de que deben obedecer cuando se les presentan las consignas, ya sea con una voz monocorde, ya sea bajo una forma “de una ley objetiva impersonal”. [ASPERGER, H.: Les psychopathes autistiques pendant l’enfance, op. cit., pág. 70].
(58) TOUATI, B., JOLY, F., LAZNIK, M.-C.: Langage, voix et parole dans l’autisme, PUF, Paris, 2007.
(59) Trabajos efectuados en neuropsicología, que piden confirmación, parecerían establecer que el cerebro de los autistas no trata a la voz humana, aunque la perciben como los otros ruidos. Esta idea sería perfectamente compatible con un rechazo inicial de la enunciación tanto en su recepción como en su emisión.
(60) MILLER, J.-A.: Jacques Lacan et la voix. Actes du colloque d ‘Ivry, Lysimaque, París, 1989, pág. 182.
(61) LEFORT, R y R. Naissance de 1’Autre, Seuil, París, 1980.
(62) LAZNIK, M.-C.: “La prosodie avec les bébés à risque d‘autisme: clinique et recherché”, en TOUATI, B.; JOLY, F.; LAZNIK, M.-C. Langage, voix et parole dans l ‘autisme, op. cit., págs. 196-197.
(63) BOYSSON-BARDIES, B. : Comment la parale vient aux enfants, O. Jacob, París, 1996, pág. 102.
(64) ZANZOTTO, A.: Elégie du pétel, Arcanes, 1986, 17, citado por BOYSSON¬BARDIES, B. Comment la parole vient aux enfants, op. cit., pág. 99.
(65) Ibíd., págs. 201-204.