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Graciela Esebbag. Psicoanalista. Servicio de Asesoramiento a Residencias de la DGAIA de la Fundació Nou Barris per a la Salut Mental.

Introducción

Según las estadísticas del INE (Instituto Nacional de Estadística) sobre la composición de los hogares, la edad de emancipación va en aumento: del total de personas solteras de 25 a 34 años (casi 7 millones) el 
37, 7 % todavía vivía con sus padres (43, 5 % varones y 31,7 % mujeres).
Las estadísticas no muestran las particularidades pero sí podemos leer a partir de ellas la dificultad que supone para los jóvenes, en la sociedad actual, la emancipación.

Nosotros trabajamos con sujetos incluidos dentro de un conjunto llamado “menores tutelados”. Estos sujetos han sido tutelados porque, por diversas razones, los adultos de su entorno no han podido cumplir con las funciones parentales. Cuando cumplen 18 años, la mayoría de edad legal, dejan de estar tutelados y, en la mayoría de los casos, las razones por las que aquellos niños fueron separados de sus padres continúan, lo que implica que el joven no tiene núcleo familiar de referencia al que volver.
El final del soporte social a sujetos que han padecido desamparo ligado automáticamente a una cronología, implica una nueva situación de desamparo que, en la mayoría de los casos, puede empujar a la repetición de las situaciones de exclusión social de las que originariamente se los quiso separar.
El caso que presentaré ilustra cómo la entrada en la mayoría de edad y el fin de la tutela introduce una discontinuidad que desestabiliza al sujeto impidiéndole hacer uso de los recursos que le ofrecen los servicios sociales y remitiéndolo a sus identificaciones con un padre marginal, colocado en una posición de resto social.

Los casos clínicos completos los encontrarás en la edición impresa.